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Interior de la ermita de Sant Joan de Xàbia Interior de la ermita de Sant Joan de Xàbia
David Gutiérrez Pulido
Viernes, 01 de Noviembre de 2024 Tiempo de lectura:

Claves para entender los plafones funerarios de la ermita de Sant Joan en Xàbia

Uno de los tesoros patrimoniales que Xàbia alberga en su municipio, es la recuperación de un número importante de plafones funerarios que fueron hallados en el interior de la ermita de Sant Joan. Como viene siendo habitual en años anteriores, la ermita suele abrir sus puertas para visitar su interior y poder admirar este rico patrimonio. Este año, esperemos que sus puertas puedan nuevamente abrirse y para ello, vamos a dar unas claves iconográficas para entender aún más estas bellas piezas decorativas vinculadas con la muerte.

 

La ermita de Sant Joan tiene su origen en un edificio religioso fundado en el siglo XV o XVI. Pero a partir de 1817, se convirtió en el cementerio público, dada la prohibición de seguir realizando enterramientos en las iglesias o en el interior de las poblaciones. A partir de aquí, la sociedad más destacada y adinerada de Xàbia, escogen enterrarse en el interior de la ermita, siguiendo la tradición y creencia religiosa de estar más cerca de Dios y del Paraíso. La manera de recordar la memoria de los difuntos era encargando placas o plafones de azulejo, incluyendo el epitafio, junto con una rica decoración pintada, en el mejor de los casos. Esta decoración, ofrece una bella iconografía de la muerte que se repite a lo largo del siglo XIX en muchos rincones de la geografía española.

 

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Nos encantaría poder explicar con detalle cada uno de estos plafones que ofrece una iconografía de lo macabro muy interesante a nivel artístico, pero dado el límite de espacio en estos artículos, simplemente escogeré como muestra un botón. Hemos elegido en esta ocasión un decorado plafón en cuyo epitafio dice: AQUÍ YACE / D[o]ña María Antonia Albi, / murió el día 8 de Nobi / embre de 1838. á los / 43. años 11.meses y 21. / día de su edad. / R.Y.P.

 

El plafón está compuesto por 12 piezas de azulejo cuadrados: 4 en el alto y 3 en el ancho. Describiendo el plafón, nos encontramos con que el epitafio está escrito en una lápida rectangular con una base, sin decoración, todo de manera muy sencilla y geométrica. A ambos lados aparecen dos figuras que custodian un reloj de arena apoyado en la lápida. Como fondo, dos árboles decoran la escena. Todo lo representado tiene un simbolismo y significado que, obviamente, está relacionado con la muerte.

 

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Empecemos por la figura de nuestra izquierda. Se trata de un hombre barbado, con el torso al descubierto y túnica azul; a su espalda se despliegan dos alas; su mano derecha apunta con su dedo la inscripción del epitafio y con la mano izquierda sujeta una guadaña. Esta iconografía es la representación del dios clásico Cronos, el cual es la personificación del tiempo, es el dios que mantiene el curso del tiempo o la alternancia de los espacios temporales. Pero a esta representación que ya viene del mundo clásico, se le ha añadido la iconografía de la guadaña, que asociada a la muerte, por lo tanto esta figura es la alegoría del paso del tiempo de la vida a la muerte o el tiempo ya pasado y concluido.

 

El mismo motivo se repite en los plafones de Mariana Prat (1823), Juan Bautista Albi (1840) y José Albi y Codina (1849), pero en estos casos aparece encabezando la parte superior del plafón, con la figura de Cronos sentada y acompañado con un reloj de arena o bien con una antorcha.

 

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A nuestra izquierda aparece una figura con una túnica gris azulada, cubriéndose de pies a cabeza y con el rostro oculto por la mano que se lleva a esconderlo. Se trata de una plañidera, aquella mujer a la que era pagada para llorar en los ritos funerarios. Esta iconografía ya aparece en el antiguo Egipto y se va a mantener a lo largo de las civilizaciones. Representa la tristeza, la desolación y la pérdida de la persona fallecida, de ahí su postura desconsolada y oculta. También aparece esta iconografía en los plafones de Juan Bautista Ferrando (1839), con dos plañideras sentadas a cada lado del epitafio, y en la de Juan Bautista Albi (1840), que se encuentran recostadas a cada lado de la cubierta del sepulcro pintado.

 

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Entre las dos figuras, y apoyado sobre la lápida pintada, hay un reloj de arena, o lo que es lo mismo, la representación del Tempus Fugit, que quiere decir literalmente Tiempo huye, y traducido a nuestra cotidianidad sería El tiempo vuela. El origen de estas dos palabras latinas proviene del poeta latino Virgilio (70 - 19 a.C), quien en su obra de las Georgicas, escribió los siguientes versos: “Sed fugit interea, fugit irreparabile tempus” (Pero huye entre tanto, huye irreparablemente el tiempo). La representación del reloj de arena es un elemento que se representa en la iconografía de la muerte desde la Edad Media, y desde aquí, será un objeto recurrente en las vanitas barrocas o en los sepulcros de los cementerios. Un añadido a esta iconografía es representar un reloj de arena alado, que enfatiza aún más la idea del paso del tiempo fugaz y veloz. Además de este plafón, también podemos encontrar esta representación en su variante alada, en los plafones del paborde y teólogo Jaime Catalá (1823), José Albi y Diego (1835), Rosa Giner (1836) o María Josefa Castell (1854).

 

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Como fondo, están representados dos árboles. A la izquierda aparece un sauce llorón, esta iconografía. Estos árboles suelen crecer junto a cursos de agua, dejando que sus ramas caigan hasta acariciar la superficie. El movimiento de sus ligeras ramas y su caída en el agua provoca una sensación de paz y tranquilidad, y las hojas y floración que se desprenden caen al curso de agua y se las lleva sigilosamente. Estos elementos provocan varios simbolismos como son las lágrimas y la tristeza, pero también la calma y la paciencia ya que no olvidemos, que de este árbol se extrae ácido acetilsalicílico, calmante del dolor, y en el sentido simbólico, calmante del dolor del alma. Mientras tanto, a la derecha es la representación del ciprés, un árbol que está muy vinculado con los cementerios y con el mundo funerario. El ciprés es un árbol perenne, tiene una forma lanceada que asciende hacia el cielo. La perennidad del árbol viene a ser un simbolismo de la eternidad en el recuerdo de la persona fallecida, al tiempo que su forma simboliza la elevación o ascensión del alma hacia el cielo.

 

Con estas pequeñas claves, que no son para nada permanentes, sino que pueden tener otros muchos simbolismos, nos ayudan a entender más esta iconografía de lo macabro o de la muerte. Quizás, en otro momento, u otro año, nos detendremos aún más en desarrollar alguna de ellas. Mientras tanto, quizás sirva para poder contemplar estas píldoras de arte conservadas en Xàbia, de otra manera diferente.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

CASABÓ I BERNARD, Josep A.: “L’ermita de Sant Joan” en Fogueres, 1997, p. 61.

 

CASTELLÓ MARÍ, Josep; BOLUFER MARQUÉS, Joaquim y GÓMEZ BELLARD, Francisco: “L’excavació arqueológica de l’Ermita de Sant Joan (Xàbia, Marina Alta) en Arqueología en Alicante en la primera década del siglo XXI. MARQ. Extra-01, 2014, pp. 298-304.

 

NAVARRO I BUENAVENTURA, Beatriu y CEBRIÁN I MOLINA, Josep Lluís: “La memoria cerámica més enllà de la mort. Plafons de taulells i plaques funeràries dels segles XVIII i XIX” en Recerques del Museu d’Alcoi, n. 28, 2019, pp. 167-186.

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