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Jueves, 04 de Junio de 2026

Actualizada Jueves, 04 de Junio de 2026 a las 08:18:39 horas

Grupo de niños y niñas luciendo su creación foguerera. Imagen: Reme Berenguer. Grupo de niños y niñas luciendo su creación foguerera. Imagen: Reme Berenguer.
Reme Berenguer Bolufer 1
Martes, 11 de Junio de 2024 Tiempo de lectura:

Fragmentos de Xàbia. Junio y San Juan

Junio siempre despierta mis recuerdos. Mis imágenes durante este mes se remontan a mi primera infancia, a finales de los años 50.  A mi madre abriendo el alto ventanal de la habitación, la nítida luz del sol que abría mis ojos y los gorjeos desenfrenados de las jóvenes golondrinas reclamando el alimento que sus madres traían presurosas y veloces con sus acrobáticos vuelos.

 

El alero de mi casa familiar siempre fue un hogar para las golondrinas.  Aunque hace años que no vivo en ella, cuando llega junio la visito para saludar a las nuevas golondrinas y recordarles que yo también nací allí y que compartimos juntas las fiestas de San Juan y la llegada del verano.

 

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Varios acontecimientos hacían que junio fuese mi mes preferido. El colegio tocaba a su fin y como colofón se celebraba una fiesta de final de curso en la cual las alumnas cantábamos en coro o bailábamos representando pequeñas historietas. También se repartían diplomas de aplicación o de buena conducta a las alumnas destacadas. El acto se celebraba en el salón del colegio, el mismo que se había utilizado para dar las clases durante todo el curso y que, ese día, se convertía en una gran sala de teatro en la que las madres miraban orgullosas cómo el señor cura y la directora repartían los diplomas.

 

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Durante este mes, mis rutinas diarias sufrían un cambio importante. La casa tomaba mayores dimensiones. Las grandes puertas de la calle y del patio se abrían de par en par, con lo cual estos dos espacios irrumpían en mi vida incitándome a disfrutar de perfumes entrañables a jazmín, clavel, geranio y otros aromas que acompañaban las alegres canciones de mi madre mientras, en el safareig del patio, lavaba manteles y sábanas que blanqueaba metiéndolas en un gran lebrillo metálico con agua y polvos de blavet.

 

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El buen tiempo indicaba que era el momento para hacer la limpieza general en todos los espacios de la casa por lo que se sacaba lo que había en armarios y cajones para repasar aquello que el tiempo o la humedad había ensuciado o envejecido. Yo seguía los pasos de mi madre con hojas de papel blanco para ir colocándolos en el fondo de los cajones y era la excusa perfecta para ir descubriendo aquellas pequeñas cosas, nuevas para mí y que eran huellas de la historia y vivencias de mi familia.

 

Desde muy pequeña supe que mi calle era distinta a la mayoría de las calles del pueblo. Era la carretera. Por ella pasaban los pocos coches que en ese tiempo circulaban: los autobuses que llegaban de Valencia e iban hasta el Hotel Venturo, el autobús que pasaba para ir al Puerto y al Portixol y regresaba para continuar hacia la estación del tren en Gata. También los carros de labradores salían por la mañana hacia los campos y por la tarde regresaban a sus hogares.

 

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Mi calle, que en invierno era oscura, inmensa, en la que soplaba el viento con intensidad y que yo no podía cruzar sin el permiso y la supervisión de mi madre, en junio se llenaba de vida.  Se acercaban las fiestas: Les Fogueres de Sant Joan.

 

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Las vecinas, como antiguas novias preparando sus esponsales, acondicionaban la calle y sus casas para recibir los festejos e invitados. Se encalaban las fachadas, se repasaban con barnices o aceites las sillas y otros muebles y se limpiaba con mayor esmero la entrada de casa para homenajear a las visitas que acudirían para contemplar los pasacalles con las falleras, la Banda de Música y sobre todo las cabalgatas que daban realce y esplendor a nuestra ancha calle.

 

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Durante la semana que precedía a la festividad de San Juan, había mucho movimiento en toda la villa. Por una parte, los hombres jóvenes, preparaban el corro para que las vaquillas corrieran por algunas calles del centro del pueblo. En los momentos previos a la entrà dels bous iban dejando en las bocacalles, maderas y cuerdas que constituirían las barreras del corro. También se colocaban carros de labradores cerrando la plaza de la iglesia y sobre ellos se sentaban algunas mujeres y niños, aunque la mayoría se reunía en la casa de alguna amiga o familiar entreteniéndose viendo correr a los jóvenes delante del toro y celebrando la fiesta con merienda y tertulia.

 

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También los niños estaban ocupados. Recuerdo a mi hermano y a un grupo de niños que iban por las casas, carpinterías y tiendas, recogiendo cartones, maderas, virutas, retales y todo aquello que les podía servir para realizar una pequeña falla. Mi abuela se subía a la falsa coberta de la casa y, rebuscando en capazos o en un gran arcón, siempre encontraba algún objeto o alguna vieja muñeca de cartón que hacía las delicias de “los jóvenes falleros”.

 

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La Placeta del Convent era el lugar donde se plantaba la Falla y allí, a su alrededor, se reunían durante tres días casi todos los vecinos del pueblo para convivir y celebrar la llegada del verano escuchando los compases de la música.

 

Si los días anteriores a San Juan eran siempre motivo de revuelo y alegría, su culminación llegaba el día veinticuatro de junio. Ese día siempre ha sido muy especial para mí y va unido a mi padre. Era el día de su santo y mi cumpleaños. Cuando se acerca dicha fecha retrocedo en el tiempo y veo a los músicos y a las falleras entrando en casa para felicitar a mi padre que les obsequiaba con licores y dulces, costumbre muy arraigada en esa época en la celebración de la onomástica. Mi padre fue, durante más de una década, parte de la primera comisión de Fogueres, la misma que instauró las fiestas de San Juan en Xàbia.

 

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Han pasado muchos años desde ese día veinticuatro de junio en que llegué a este mundo y sin embargo no puedo evitar, cuando llega junio y Sant Joan, seguir viendo la placeta adornada con banderitas de papel de muchos colores. Las mesitas del Bar Noi repletas de gente de todas las edades, el carro de los helados Espinosa con sus xambits, los vendedores de globos, “las barquitas o columpios”, la tómbola, el resplandor de las hogueras, las guirnaldas que adornaban los carros en la cabalgata, el olor a pólvora de las tracas, las falleras con sus hermosos vestidos, el raïm i les bacores  que entregaban a San Juan de la Teuleria y sobre todo escucho la música de la Banda que con sus pasodobles de Xàbia y Fogueres, año tras año, hacen que me emocione por las fiestas de San Juan.

 

Visca Xàbia i visquen les Fogueres de Sant Joan!

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  • De Xąbia

    De Xąbia | Miércoles, 12 de Junio de 2024 a las 16:17:59 horas

    Màgnifica evocació. Gràcies.

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