Copenhague

30 noviembre, -0001Por: Guiomar

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Si su hijo adolescente se va de vacaciones a Copenhague, no tema. Lo más probable no es que vuelva trasformado, con rastas en la cabeza o piercings en el ombligo, con ganas de cambiar el mundo o pasar de él, sino, más bien, que le nazca una tendencia nueva y obsesiva por encender velitas por la casa y de llenar las macetas de flores.

Probablemente saque del garaje su bici empolvada de los años de exilio, y decida que Xàbia es un sitio ideal para desplazarse en tan ecológico y silencioso medio. De repente, cederá el paso en los cedas al paso, hablará en un tono de voz menos elevado, sonreirá a los vecinos en el portal y, quizás, si el efecto es muy fuerte, ordenará su cuarto. Pero no se preocupe, estos efectos son transitorios y, con la ayuda del entorno, en poco tiempo desaparecerán.

Copenhague es exactamente lo que usted está pensando que es: una preciosa ciudad de mar norte-europea, con edificios de reconocida y regular estética, gentes rubias, amables y educadas, extensos y cuidados parques, canales preciosos con preciosos barcos, y calles transitadas por respetuosas bicicletas y tranquilos viandantes. Todo limpio y ordenado. El sumum de la Civilización.

La ciudad, Kovenhavn, es un conjunto de islas unidas por canales. No es muy extensa, y se puede visitar perfectamente andando o en bicicleta. Un buen sistema es utilizar las que el Ayuntamiento dispone en diversos sitios de la ciudad, que se pueden utilizar introduciendo una moneda de 20 coronas, que te será devuelta cuando dejes la bici a cualquier lugar habilitado para ello. Es un sistema gratuito que funciona muy bien, mientras se cumplan dos reglas: no salir del perímetro indicado (el centro de la ciudad), y no robar las bicis.

El barrio universitario, sobre todo, está lleno de cafés, amueblados con cómodos sillones donde tirarse a pasar la tarde, lo que debe ser una practica habitual entre los estudiantes. Mezcla de nuevos y viejos muebles desperdigados –eso sí, con mucho estilo-, café, música de jazz, velas y conversación. En esta zona encontramos la mítica “Paludan Bog & Café”, una mezcla de librería y café donde se reúne la intelectualidad local, o el “Robert’s Coffee” que dispone incluso de un “Marrocan tea room” (un rincón en el que uno cree mas bien estar en una tetería de la Medina de Tánger que en la nórdica Kovenhavn).

Una de las mejores experiencias de la ciudad es adentrarse en la zona de Christiania. En los años 70, se convirtió en un importante asentamiento hippy, con lo que esto conlleva de creatividad, arte, drogas y protesta política. Es decir, que se convirtió en la zona “conflictiva” de la ordenada vida social de la ciudad –hoy en día sigue siéndolo-. Menos revolucionaria y más de trapicheo de droga, mantiene el sabor alternativo de aquellos fructíferos años, aunque se deja ver que estamos en un país rico. Situada a orillas del río, pasear por sus desordenadas calles, sin que se note demasiado que somos turistas, es un placer: caminos serpenteantes, entre una vegetación exuberante, salpicados de casitas de colores llenas de flores, muebles y artilugios desvencijados que, gracias al genio creador de sus dueños, cobran nueva vida como obras de arte. Pequeñas y escondidas playas donde juegan niños de esos que ya no quedan, rubios, frágiles, saltando a la comba o haciendo navegar a un solitario velero de papel. Mientras tanto, bajo un árbol, un adulto medita mirando al infinito… vamos, lo más parecido al Bronx.

Hay poca inmigración, debido seguramente a las dificultades del idioma y, quizás también, a las condiciones climáticas. Largos días durante el verano y largas, larguísimas noches durante el invierno con temperaturas de muchos grados bajo cero. Sus habitantes parecen llevar bien estos cambios, ordenadamente, civilizadamente, cuando llegan los meses fríos, recluyéndose en sus casas perfectamente acondicionadas, y en primavera, cuando despierta la vida, en las calles, canales y parques, aprovechando codiciosamente el sol.

De vuelta a España, al aterrizar de nuevo entre multitudes, construcción masiva, abundante suciedad, ruido y juerga callejera permanente, sorprende que estos hombres y mujeres tan pulcros y educados se vuelvan locos por venir a nuestro Mediterráneo.

Marta Lorenzi

 

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