Crisis, una oportunidad

30 noviembre, -0001Por: Guiomar

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Cuando le dije a mi madre, que vive en Argentina, que aquí había crisis por la escasez de trabajo, de dinero en circulación, por los miles de nuevos desocupados, por cierres de fabricas, de negocios múltiples. Me dijo: «Aquí estamos acostumbrados a vivir así, en crisis, no conozco otra situación». Me hizo gracia creer que cuando uno aprende a vivir así, como dijo ella, lo padece menos.

Aquí en España como en el resto de Europa, al igual que en los países llamados desarrollados, también dependerá de la capacidad de adaptación de la población a la nueva situación, el padecimiento que se sufra. A la capacidad de generar un nuevo punto de vista que lleve implícito el desapego material, a aceptar que con menos de lo que estamos acostumbrados podemos seguir viviendo, y con menos ataduras. Muchas, innecesarias. Con menos compromisos bancarios y desligados de los intríngulis del sistema tramposo que no satisface, que se aprovecha de convertirnos en insaciables con pretensiones de llenar el vacío existencial adquiriendo bienes, aumentando la insatisfacción.

La crisis de aquí, que viene de allí y que va afectar hasta el rincón más recóndito del planeta era ineludible. Vivíamos y vivimos (una parte del planeta) una realidad de opulencia insostenible que es imposible que podamos seguir así.

Y aunque nos sigan lanzando mensajes de que debemos recuperar el tren de crecimiento (cuando la vida nos está dando la oportunidad de salir a abrirnos nuevos horizontes), no deberíamos desaprovechar la oportunidad de reinventarnos. Aceptemos el desafío de lo nuevo, que por desconocido no deberíamos temerlo. Porque si seguimos así, llegará el momento en que tendremos que conformarnos con las miserias que nos lleguen a cada uno también aquí, porque el agotamiento de la fuente es inevitable al paso que vamos.

Vivimos un sueño del cuál no queremos despertar, por miedo a que todo lo que tanto valoramos no valga realmente nada (Maya llaman los hinduistas a la ilusión). Miedo a despertar a la pesadilla de la contaminación, del cambio climático, de la sobreproducción, del dinero sobre valorado y tantas otras cosas, que cuando nos demos cuenta que «lo esencial es invisible a los ojos» (El Principito, Saint Exupery), que los verdaderos valores que importan son más simples por ser menos costosos materialmente y por consiguiente menos subyugantes, despertaremos del sueño para dar el paso que nos permita seguir viviendo sin que nadie quiera convencernos que para hacerlo haya que convertirse en esclavos del consumo, de los bancos, del dinero, y de la violencia que genera seguir viviendo como hasta ahora.

Lo que nos está ocurriendo y que llamamos crisis es para bien. No debemos temer nada. Lo peor es el sueño del cual no queremos despertar. Peor porque hasta las soluciones planteadas por el recientemente galardonado Premio Nobel de la Paz son violentas, por el injusto saqueo de riquezas a los más pobres, por la rápida ayuda internacional para salvar a la banca, y por el escaso consenso para salvar el planeta, nuestra casa.

 

Luis Vargas

 

 

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