Diario de abordo (II)

30 noviembre, -0001Por: Guiomar

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Pronto se hizo de noche, y esta vez más oscura que otras, la luna menguaba y retrasaba día a día su aparición. Pudimos apreciar el cielo en toda su dimensión. La Vía Láctea, con sus nebulosas más claras que nunca, de este a oeste. Mirábamos hacia arriba en la soledad de la noche, rodeados de mar. Quebrantados cada vez más, por los vientos que aumentaban la velocidad a 20 nudos. La luna roja a media noche clareó el horizonte, y perdimos la atención al cielo. Tuvimos que arriar la Mayor en un respiro del viento y perdimos 1 nudo, pero ganamos estabilidad, aunque el vaivén se transformaba en sacudidas, e íbamos a más y lo sabíamos.

Pude confirmar la llegada del temporal cuando, metido en profundo sueño, por la escotilla mal cerrada del camarote entró a raudal el agua fría de una ola sobre cubierta. Lidiaban mis compañeros con el viento. Sentí pasos tambaleantes cuando recogían la Génova. Sonido sumado al ya existente en un camarote sumergido en proa, donde los sentidos crecen y la percepción se agiganta.

Igualmente dormí en medio de las sacudidas, el cansancio necesitaba reposar. Nadie sabía lo que podía durar esta situación. Finalmente, la claridad del día nublado se coló en mi escondite.

Cuando me levanté, encontré a mis compañeros totalmente alterados por la emoción que produce vivir el temporal. Navegábamos a vela con vientos fuerza 6-7, y el día aun no había clareado del todo. Cabalgar las olas se hacía tarea difícil. Algunas rompían en la aleta de popa a babor, y salpicaban la bañera, y lo festejábamos contentos.

Esa mañana encontré al Capitán frente al fogón, zarandeado, sirviéndose un té como si nada. Evidentemente, era su medio, y se le notaba como un pez en el agua. El aroma a hierba buena del té moro inundaba la cocina. Era la primera vez que veíamos escorar la embarcación de esta manera. Corría agua en la cubierta volcada a estribor y algunos capellanes volvían al agua, secos y tiesos, arrancados de la ristra que se columpiaba estoicamente en el mástil. El viento soplaba de noroeste.

El Capitán liberó el timón y se puso a salvar las olas. Acompañábamos los embistes con gritos al unísono, como si fuéramos en una montaña rusa. Subíamos sobre olas de hasta cinco metros para bajar gritando y volver a subir. Todos con expresión de felicidad en los rostros de niños que éramos. Debajo de las crestas blancas de espumas, el color turquesa del agua limpia. El sol calentaba tibio velado por nubes.

El temporal dejó una víctima de su furia a bordo. Mi compañero de camarote, al entrar en el salón donde se encuentra la mesa de navegación, resbaló y se golpeó las costillas del lado izquierdo, y fue dando tumbos en medio del movimiento imprevisible del barco. Lola, que mal dormía, lo vio tambalearse y caer, y lo confundió con maletas que creía volaban en el caos de la noche agitada. Vio a Paquitín con mueca de dolor. Sentía ahogarse por no poder respirar, dijo. Luego nos confirmó que sufrió una fisura. En la travesía solo pudo ser tratado con algún calmante para el dolor, con la contraindicación de sesiones de risas y estornudos.

Mientras vivíamos el temporal en pleno apogeo, divisamos el imponente cabo Caccia a lo lejos. Esa mañana batimos el récord de velocidad alcanzado hasta entonces: en algunas ráfagas del viento llegamos casi a los 15 nudos con tan solo la Génova desplegada. Era suficiente. Cuando nos alineamos a los acantilados del cabo Caccia, que dejábamos a babor, amainó el viento y las olas perdieron fuerza, nos encaminábamos a resguardo del primer puerto que tocaríamos en Cerdeña.

Bajaron las chicas al camarote a llamar por radio a puerto para pedir atraque, con la dificultad del idioma, que nadie lo hablaba. Federico, el auxiliar del puerto, salió en su neumática a nuestro encuentro ni bien asomados a la escollera, y se sorprendió vernos llegar cuando nadie navegaba en un día como ese, y congratuló al comandante, como dijo él, por la buona barca. Su hospitalidad fue compensada con atún fresco. Para entonces eran las once de la mañana del día martes 4 y llevábamos casi 40 horas en alta mar. Sobre el pantalán flotante sentimos los primeros síntomas de mareo y nos dimos, embarcación y tripulación, el primer baño de agua dulce.

El Alghero mira al mar, al norte mediterráneo, atentos sus baluartes desde tiempos inmemoriales. En sus calles se respira leyendas de navegantes e historias de asedios tatuados en su alta muralla de piedra. En la entrada a la ciudad desde el puerto existe una zona llamada San Telmo, que me recuerda otro San Telmo, allende otros mares.

Desde el paseo marítimo, sobre la muralla, se aprecian puestas de sol en el lejano y no menos imponente cabo Caccia, y donde por la noche, si el viento lo permite, cenan turistas desenfadados.

Dos noches pasamos en el Alghero esperando que calmara el temporal. Tuvimos tiempo de pasear por sus calles adoquinadas y estrechas. Pudimos apreciar lo identificada que está la población local con la cultura catalana, herencia del reino de Aragón y Cataluña. “Vuestra lengua es nuestro dialecto”, nos dijo una joven camarera. Se me erizó la piel al sentir lo hermanados que están con nuestra cultura.

El lunes cenamos caracoles de tierra, pizza, y probamos el licor de mirto por primera vez, en una pizzería llamada Aragón. La camarera era de Sevilla.

El coral rojo reina en los escaparates, y los turistas pasean en el Trenino Catalano, y en carruajes tirados por caballos. Un día y medio paseamos abasteciéndonos de condimentos para preparar las conservas y comidas con la afortunada pesca que llevábamos a bordo.

El contable resultó ser un esmerado cocinero, que dedicó gran parte de su tiempo a alimentarnos con atún, sin el riesgo de que lo aborreciéramos. Una buena parte hubo que hervir para conservarlo en aceite y también en escabeche. Nos preparó buñuelos de arroz con canela, aprovechando la estabilidad en puerto.

Cuando zarpamos el jueves 6 por la mañana, todos deseábamos navegar. Esa mañana a la siete, la tripulación en vigilia gritó: “¡Delfines! ¡Delfines!”. Salí del camarote disparado, pero no llegué a tiempo para verlos. El día estaba espléndido y el mar en calma. El Capitán se propuso darnos un taller de cabullería y nudos marinos, y todos prestos a aprender. Llevábamos rumbo norte hacia Cabo Falcone, el Paso estrecho que nos serviría de entrada al golfo de Assinara, para continuar por el estrecho de Bonifacio, rumbo a la ciudad corsa del mismo nombre. Al llegar al golfo dejamos atrás nubarrones inmensos con claros, por donde el sol derrochaba luz sobre el turquesa del agua. Antes de llegar al Freu almorzamos atún en conserva con mayonesa.

Rumbo a Bonifacio, se desencadena la primera rebelión a bordo, un miembro femenino de la tripulación, que se ha estado alimentando a base de muy poca cosa, harta de atún, quiere hacernos unos espaguetis con tal de no comer otra vez bonito.

Entramos en la pequeña bahía del puerto de Estintino para izar la Mayor resguardados, y a Paco se le voló el sombrero al agua, el Capitán traslucha para volver a recogerlo. Desde cubierta, otro bichero y gancho en mano caza la presa y abortamos la maniobra de izar vela, que tuvimos que repetir.

Una vez en marcha bailamos con la dedicatoria al cocinero marítimo. Un ritmo alegre y dicharachero. Sobre las quince y quince hicimos nuestra primera maniobra solos, como si fuéramos autónomos. Cambió el viento y cambiamos la Génova a estribor, cazándolo ahora de noroeste en proa. Eolo soplaba tímidamente e íbamos a 7 nudos. Nos esperaba toda la jornada en el mar y divisábamos Córcega, bajo nubes inmensas que revoloteaban el golfo de Assinara. Sólo visitaríamos Bonifacio al sur de esta isla francesa y nos quedaban 30 millas, más o menos unas 4 horas hasta su puerto. Parte de la tripulación se remojaba en el escalón en popa, el sol picaba sobre la piel.

Para comer sacaron una ensalada de lechuga con queso fresco, piñones, muy bien sazonada y atún hecho en salsa para picar, y como plato fuerte, filetes de atún al horno con patatas y cebollas. Se armó un griterío que sólo fue una falsa alarma, la rebelión ya había sido aplacada por el buen rollo a bordo.

Cuando nos faltaba una milla para llegar a los acantilados de un gris parduzco y muy altos, el Capitán improvisó un arnés hecho con el cabo de amarre y subió a tope del mástil izado por la driza de la mayor, dos chicas se atrevieron con la invitación y lo emularon. Para entonces, el sol se ponía, coloreando la osadía de los escaladores.

Al llegar a la bocana del puerto, la señalización de entrada nos conduce entre paredes de rocas erosionadas, llenas de estrías horizontales. Pasaje estrecho y en lo alto a estribor, la muralla imponente de la fortaleza de piedra de Bonifacio. También aquí se aprecian vestigios de un pasado aragonés en la cultura local. Atracamos a dos pasos de terrazas, bares y restaurantes en la marina, y a pie de nuestro pantalán, la filial corsa del legendario Café del Mar ibicenco.

Esa noche caminamos sobre empedrados en medio de edificios medievales. Coloristas establecimientos daban de cenar a turistas tatuados por el mar. Cenamos pizza y algunos platos con berenjenas y cerveza corsa de rico sabor. Después de cenar, caí agotado a media noche, en medio de la bulla noctámbula de las terrazas en la marina y de la tripulación sirviéndose de beber en la bañera.

Poco pude saber de lo que hacían. Entré en sueño profundo, que sólo se interrumpió con los sonidos que crecían, poco a poco, con el nuevo día. Era viernes 7.

Después de la visita que cada uno quiso hacer en Bonifacio, zarpamos rumbo sur este, al archipiélago de la costa esmeralda de Cerdeña. Antes de alejarnos del todo de Córcega, decidimos darnos un baño en una playa escondida a babor. Fondeamos y la tripulación desapareció entre rocas y una pequeña cueva de aguas claras. Solo quedamos a bordo Paquitín y yo. Después de un chapuzón refrescante, nos pusimos mano a la obra con un arroz caldoso, que resulto meloso, hecho con el sustento de la pesca, que impregnó de mar cada grano de arroz bomba que utilizamos. Vi peces alrededor de la embarcación. En la orilla, un tupido y verde prado, agujereado por los hoyos de un campo de golf, al borde del mar. A cubierta trajeron una pequeña pelota blanca con cráteres encontrada en el agua.

Navegábamos después de comer y Lola iba al timón con la Génova al viento, 15 nudos en la aleta de popa a estribor. Nos dirigíamos hacia Cerdeña, donde el sábado llegaba en avión el tripulante numero once. Ángela, que tenía pensado desembarcar a la semana de zarpar en Jávea, claudicó a nuestros encantos y lidiaba por seguir a bordo. Aún no habíamos votado la admisión, pero ya contaba con el visto bueno del Capitán.

por Luis Vargas

 

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