Diario de abordo (IV)

30 noviembre, -0001Por: Guiomar

0

A Porto Cervo llegamos todos sobre cubierta y el Capitán al timón, como en todas las entradas a puerto. Aquí los mástiles eran gigantes y las luces deslumbraban desde el muelle. Fondeamos apartados del pantalán más cercano, nos arreglamos para ir de cena, y en tierra, caminamos impresionados por los barcos lujosos en el puerto, veleros que competirían en un grand slam de embarcaciones antiguas, patrocinado por una afamada marca de relojes.

No pudimos llegar al pueblo, porque el único acceso que encontramos era una carretera transitada sin arcén. Regresamos al barco sin cenar. Algunos se conformaron comiendo un helado. Esa noche nos quedamos charlando en la bañera solo un rato, Guillém tenía que encontrar aun su rincón en el barco y no estaba dispuesto a compartir camarote. Durmió en el exterior bajo el toldo.

Todas las mañanas el olor a café invitaba a salir del camarote, y esa mañana antes de zarpar, además, baldeamos el barco quedándonos con la sensación de todo limpio. Antes de que el sol nos castigara la piel, nos cubríamos de cremas, la cara, el cuerpo y el pelo. Sesión de belleza, lo llamábamos. Bromeábamos mientras nos llenábamos de potingues. A Paco le sirvió, dijo, para descubrir partes del cuerpo que nunca se había tocado.

Mientras buscábamos dónde darnos un chapuzón, disfrutábamos de navegar con mar calmo, leíamos, nos acomodábamos al sol y practicábamos nudos marineros que el Capitán no se cansaba de enseñarnos. Íbamos esquivando fondos, señalizaciones, y nos impresionamos con los grandes veleros de hasta cinco crucetas que se acicalaban antes de la regata.

En la costa de Cerdeña se ven casas bajas con jardines que llegan al mar, algunas incorporadas al paisaje como parte de la topografía, otras ostentosas se dejan notar más, pero nunca exageran, siempre se les nota cierto disimulo existencial en el paraíso de estas costas.

Ellas quieren apearse en cada cala que vemos y, muy a sus pesares, seguimos deslizándonos tímidamente, sin velas, sólo a motor y a muy pocas revoluciones.

El lunes 10, al fondear en una cala a darnos un baño, y antes de que regresaran a bordo, pinté el paisaje que nos resguardaba. Después, hablamos de lo que surcaríamos en costa Esmeralda. Sobre la carta de navegación extendida en la mesa, planteamos el camino de regreso. Entonces a todos nos cambio el semblante, como si nos anunciaran un nuevo temporal. Buscaríamos retomar la estela que fuimos dejando atrás y que ya no existía.

Pero no había que adelantarse a los acontecimientos. Nos quedaban más de 400 millas por hacer aún, así que regresamos a la alegría que nos caracterizaba.

No había viento y navegamos casi todo el día a motor con el piloto automático hasta alcanzar cabo Figari, rumbo a la ciudad de Olbia. Era entonces las diecisiete cuando vimos un barco de arrastre con una nube de gaviotas detrás, se metió por un paso estrecho rumbo a Olbia y lo perdimos de vista a lo lejos.

Al llegar a la entrada amplia de la bocana del puerto industrial, plagado de grandes embarcaciones de pasajeros, donde se estrecha la entrada del puerto, nos rodeaban cientos, miles de boyas color negro y algunas color naranjas. Formas de lobos marinos flotando a los costados como si fuera un gran cementerio donde vienen a morir estas bestias simpáticas.

Nos enteramos de que es el puerto con más tráfico de pasajeros de toda Cerdeña. Nos costó encontrar donde amarrar, y fuimos a dar a un atracadero privado sin darnos cuenta. El encargado de los muelles nos dio la bienvenida poniendo cara de molto dificcile, para luego embolsarse los 60€ que nos cobró por quedarnos una noche.

Cuando estábamos listos para hacer una incursión en la ciudad, llegó un catamarán de grandes dimensiones a estribor, con tripulación inglesa. Uno de ellos hablaba en correcto español-andaluz. El catamarán nos separaba de un pequeño yate donde unas niñas preparaban una mesa con mantel y abrían latas de conservas, pidiéndonos de paso que les ayudáramos con algunos frascos.

Olbia es un puerto importante y se nota en sus establecimientos, algunos muy modernos, otros muy tradicionales y con solera, con productos de la tierra, quesos y vinos. La murta, mirto en Cerdeña, tiene allí su altar, licores, grapas, mermeladas y un montón de productos derivados de una planta que en Alicante es bien conocida.

Antes de partir de Olbia repostamos por vez primera combustible, calculamos que sólo habíamos navegado hasta entonces 72 horas a motor y apenas habíamos consumido tres cuartos del deposito, unos 160 litros. Repostamos después de 10 días y 570 millas.

Íbamos a iniciar la búsqueda de las estelas dejadas al venir, la experiencia vivida, que nos reconducirían al puerto de origen, más curtidos de sol y un poquito más lobos de mar.

La noche que salimos a cenar, al volver al barco, nos encontramos con que las chicas del yate tenían montada una fiesta escandalosa. Bailaban sobre el techo, dentro y fuera, la música a todo volumen, mientras que los ingleses sobre la cubierta del catamarán parecían a punto de explotar, pendientes de los movimientos de los niños, que no superaban los quince años. Al llegar y subir al barco nos abordaron los británicos con la intención de persuadirnos a que fuéramos con ellos a callar a los jóvenes. Les dimos como respuesta un momento de reflexión, para acabar contestando que no tardarían en marcharse, eran chiquillos y no podrían volver muy tarde a casa. El inglés se resignó con nuestra actitud y volvió, inquieto, a vigilarlos desde su barco.

Nos habíamos quedado en la bañera a beber una copa antes de marcharnos a dormir, cuando nos dimos cuenta de que no teníamos hielo, así que alentamos a Lola a que fuera con un vaso a pedir un poco a los niños, y así lo hizo. Sola y tímida se arrimó al yate. Subió y regresó con el vaso con hielo, y ellos mágicamente bajaron el volumen de la música. Como consecuencia vimos que los ingleses cerraron escotillas y se fueron a dormir, no tardaron los jóvenes en volver a la carga y subir el volumen de la música y nosotros en irnos también a dormir. A la mañana siguiente los ingleses nos preguntaron por la psicóloga del grupo, que consiguió, sola, acallar a los niños.

La mañana del martes 11 navegábamos a vela mientras algunas chicas preparaban cous-cous. Salimos del resguardo de los cabos rumbo al norte y el viento azotaba con fuerza erizando el mar. Ajustamos velas e intentamos sacar el mayor rendimiento.

Desde la llegada del nuevo tripulante, de afición marinero, al Capitán se le notaba mas acompañado. Su lenguaje, que para nosotros era casi un jeroglífico, para Guillém era más comprensible. Pero eso no le libró de que en una maniobra, ajustando las escotas de la botavara, al soltar el freno del cabo antes de tiempo, Guillém sufrió quemaduras en dos dedos, aunque pronto le curó la enfermera a bordo.

Llevábamos en cubierta, colgados secándose al sol, chorizos y morcillas que alguien recogió antes de que salieran volando, y puso en una bolsa dentro de la dinghy que llevamos en proa. Con las olas bañando la cubierta, la dinghy se llenó de agua y los embutidos flotaban en sal. Cuando arriamos velas fueron a dar al mar. Estaba cantado quiénes catarían lo que portábamos como sustento. Si de una cosa podíamos estar contentos mas allá de la fortuna de navegar, era de lo bien que nos alimentábamos a bordo. La comida ocupaba un importante lugar en nuestras prioridades. Íbamos en una ininterrumpida tertulia donde el picoteo siempre estaba presente.

Las infaltables gaviotas nos hallaron, como siempre, en nuestro refugio en playa rosa mientras comíamos cous-cous condimentado con cebolla, pimientos, tomates, hierba buena, comino y mucho limón, servido frío como una contundente ensalada. Les tirábamos las sobras al mar y entre gritos se disputaban voraces las migajas. Las más jóvenes cazaban las piezas y volaban para volver a la superficie de las olas, dejar caer el botín y picotearlo bajo su control, mientras las experimentadas comían las piezas al vuelo.

El capitán nos informaba siempre de todo con claridad. Acababa de llamar a Jávea para que nos digan las previsiones del tiempo en las próximas horas, en nuestro rumbo de Cerdeña a Menorca. La temperatura había bajado, pero a pesar de todo, Imma se preparaba para darse un chapuzón. A las chicas pocas cosas les impedían ponerse a remojo.

Surcábamos agua profunda y el viento no amainaba. La tripulación, siempre animosa, nada amilanaba el espíritu de aventura, aceptábamos con tesón el desafió de navegar. Íbamos rumbo a Santa Teresa de Gallura, a refugiarnos del viento. Hicimos noche en su puerto para continuar al Paso, a la altura del cabo Falcone, que nos dio entrada a mar abierto. En este puerto nos sentimos relajados, además tienen muy buenas instalaciones. También era más caro (66€). Pero de todos los, éste fue el que mejor servicio brindaba Hay un puente de madera que se eleva para ofrecer una vista ajardinada sobre un supuesto estanque de agua de mar.

Cuando atracamos, bajamos al pantalán y nos quedamos mirando la población a lo alto, tramando la salida nocturna que dedicamos a la cena con el Capitán. Desde el puerto se veía la población con sus torres de vigilancia y no imaginábamos lo que escondía, la tranquilidad del entorno que veíamos no era todo.

En el centro, el bullicio y las luces sorprenden. En muy pocas calles se concentra toda la vida activa de esta pequeña población turística. Hay varias tiendas de productos típicos, souvenirs y restaurantes con extensas cartas de pescados. En uno cenamos pulpos y sobre todo pastas.

El miércoles 12 por la mañana, salimos con prisa en busca de regalos, pronto diríamos adiós a Cerdeña. Alrededor de las doce zarpamos y navegamos con viento del noreste, de 20 nudos y con olas pequeñas que fueron a más.

La tripulante benjamina, con tal de modificar el menú a base de atún que presentía, se puso manos a la obra y nos sorprendió con un plato de jamón, cortado por ella. Las cartas estaban echadas. Al jamón le siguió el queso manchego y salchichón ibérico, mixturado con el pan comprado en el último puerto y que mojamos de aceite. Llegaron a la mesa dos botellas de vino crianza.

La comida servida, y al timón el Capitán, las olas crecían, y buscábamos refugio para darnos un baño. En proa, por la amura de babor divisamos una playa extensa azotada por vientos y desierta, y un poco más allá, una cala resguardada, atestada de gente, y un poco mas al sur, separada por unas rocas, otra, donde había un velero fondeado casi en la arena.

Hacia allí nos dirigíamos cuando alguien gritó ¡barca a la deriva a la vista! Una neumática de algún niño se revolcaba dando tumbos arrastrada por el viento. Lola se lanzó al agua mientras, desde cubierta con el bichero, nos pusimos manos a la obra al rescate. Contentos por el regalo del mar, nos dirigimos a la última cala.

De pronto escuché el motor de una neumática que venía hacia nosotros. Llevábamos un buen rato fondeados, cuando sucedió lo que temíamos. La neumática se arrimó a popa y un hombre, en italiano, nos reclamó la pequeña barca encontrada a la deriva. Dijo que su bambino lloraba en la playa. Se la devolvimos, y tornó exitoso con la barca que ya nos estábamos sorteando en un bingo improvisado para esa noche.

Había conseguido el padre algo impensable, alcanzarnos detrás de los cabos rocosos que separan las calas. Cuando se marchó no podíamos contener la risa. No pasó mucho tiempo en venir hacia nosotros otra neumática tripulada. Paco decía entonces, que a éste no nos quedaría más remedio que darle una de nuestras dinghy’s.

Divisamos Castel Sardo a lo lejos y nos aproximábamos lentamente, arrimándonos a la costa para verlo de cerca y, una vez que lo tuvimos a tiro de piedra, no pudimos resistir hacerle una visita. Se alza Castel Sardo sobre un peñasco mirando el mar, abierto entero a las inclemencias de los vientos del golfo de León. Amontonadas casas coloristas, una pegada a la otra, separadas por calles estrechas dentro de su sólida muralla del color oscuro, al igual que la torre de la iglesia y el peñasco donde está enclavado el pueblo.

Donde hemos estado, abundan las embarcaciones tradicionales de madera y de velas latinas, por las que siente el Capitán una especial atracción. Suelen estar pintadas con colores llamativos y atrevidos a veces. Otras lucen el color miel de la madera.

Esa tarde hablamos de las guardias. Nos esperaba la travesía más larga y contábamos con un tripulante más, por lo que había que reorganizarlas. De aquí a Mahon, nuestro próximo destino, haremos 4 guardias de 2 horas cada una, luego ya veremos, dijo el Capitán.

por Luis Vargas

 


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.