El Foro Jávea de Vecindad aboga por el urbanismo sostenible

Por: Guiomar

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El Encuentro Internacional de Arquitectos y Urbanistas, organizado por el Foro Jávea de Vecindad y Casa Mediterráneo bajo el título «La reestructuración urbana y territorial actual» ha concluido que el urbanismo del siglo XXI debe ser sostenible y respetuoso con el territorio. Los países europeos deben crear espacios urbanos pensando en las personas que en él viven, trabajan y disfrutan, mientas que los de la ribera sur del Mediterráneo, que empiezan a emerger, deben intentar no cometer los mismos errores que el norte.

 

El urbanismo que refleja la Ley del Suelo de 1956, que concibe las ciudades como lugares donde se acumulan cuadrículas con viviendas que deben contener personas, separadas de su lugar de trabajo por calles, ha llegado a su fin. Para el prestigioso arquitecto José María Tomás Llavador, autor del proyecto de la apertura de Valencia al mar, «los modelos urbanos del siglo XIX, con ensanches y extensiones urbanas, no sirven. Hoy las ciudades tienen otras necesidades. Hay que generar espacios para vivir, para trabajar y para disfrutar».

Javier Martínez Callejo, profesor de arquitectura de la Universidad de Navarra, explicó cómo muchas ciudades españolas como Bilbao «crecieron a lo loco, sin infraestructuras y sin respetar las tradiciones». El resultado son urbes congestionadas, prácticamente sin espacios verdes, ni espacios para peatones, y que se han desarrollado sin pensar en los habitantes.

 

Entre 1997 y 2006 el volumen total de viviendas iniciadas en España superó los 5,5 millones. Casi el doble que la década anterior. La saturación del suelo, el pinchazo de la burbuja inmobiliaria, la crisis económica y financiera obligan a replantearse el urbanismo, y la conclusión a la que llegaron los expertos reunidos en el Foro Jávea de Vecindad es que «hay que pensar en hacer planes para decrecer de forma sostenible, para dar calidad de vida», recalcó Pascual Vernich, presidente de la Agrupación de Arquitectos Urbanistas del COACV, quien explica que es posible decrecer porque, «la cantidad de suelo urbanizable que hay es de tal magnitud que se tardará décadas en consolidar».

 

En su repaso por las tendencias europeas de finales del siglo XX, José María Ordeig, Profesor de la Escuela Superior de Arquitectura de Navarra, incidió en el cambio de mentalidad que vivió el urbanismo en la década de los 70, que fue capaz de superar el dogmatismo estructuralista de los años 20 que predicaba que había que lograr «viviendas dignas, baratas y masivas». Y ahora esta disciplina ha evolucionado hacia criterios más sociologistas -al servicio del usuario- y ecologistas. Ordeig aboga además por «recuperar la historia, la ciudad, el diseño de los espacios públicos, el sentido ecológico, la economía energética, que es la gran apuesta actual, y por último el reciclaje y la atención a los espacios urbanos vacíos».

 

La ciudad mediterránea

Enrique Giménez Baldrés, Doctor arquitecto de la UPV, ofreció un punto de vista diferente al de los defensores de modelos intensivos de ciudad, y critica que este tipo de urbanización resulta muy costosa, y está a expensas de desarrolladores privados. Ahora con la crisis interesa abrir nuevas perspectivas, y hay que reconsiderar el modelo de la ciudad mediterránea, mucho más sostenible y que se caracteriza por tener una combinación de zona compacta y zona dispersa.

Como ejemplo habló de Valencia, que es una ciudad compacta de 750.000 habitantes, rodeada de otra área dispersa de 30-35km de radio. En total la capital del Turia incluye 1,5 millón de habitantes, y un paisaje periurbano con pequeñas agrupaciones de viviendas diseminadas entre huertos y espacios naturales. Giménez además criticó la masificación de edificios creados con hormigón, que «tienen período de caducidad», y vaticinó que dentro de unas décadas «habrá que sustituirlos, que no rehabilitarlos», porque este material se degrada rápido. Por otro lado, destacó «la agricultura sentimental, que aporta una sabiduría de cómo relacionarse con el entorno».

 

La ciudad mutante

El arquitecto José Seguí expresó de una forma original las nuevas tendencias en urbanismo, y dijo que «la ciudad que viene es una mutación de lo que hay». «La ciudad es un espacio de consenso colectivo», ya que «sin el espacio público no habría ciudad, por lo que se ha de buscar el equilibrio entre el espacio público y el espacio privado».

Cuando una urbe nace, lo hace integrándose en un entorno natural, en torno al paisaje y al clima. Después crece, pero según Seguí, lo hace siguiendo las reglas, no de las matemáticas euclidianas, sino la de los fractales, «la forma de la ciudad obedece a la forma del universo, a la forma de lo fractal».

Asimismo, «la ciudad es como un cuerpo humano, donde pinchas con acupuntura, y activas la energía de una zona». Lo que trasladado a la arquitectura urbanística significa que se debe invertir en edificios públicos, como centros culturales o de ocio, situados en puntos precisos, «pinchamos en aquellos sitios donde la inversión pública genera desarrollo».

 

Desde esta perspectiva la ciudad es como un ser vivo, que nace, crece, se desarrolla y palpita. Para el representante del Estudio de Arquitectos Rogers Stirk Harbour & Partners, Simon Smithson, es imprescindible ver qué es lo que hace que una ciudad se ponga en marcha y funcione. Es necesario identificar aquellos lugares o eventos que definen la actividad de una urbe.

Asimismo, es importantísimo planificar el uso del territorio, para lo cual hay que aplicar las herramientas propias de la arquitectura del paisaje, gran asignatura pendiente en Europa, pero que en Estados Unidos cobra cada día más fuerza. En este sentido, Smithson recalcó la importancia de conectar entre sí los espacios verdes de las ciudades para crear un gran corredor que vertebre la urbe y sus usos, a la vez que estos deben tener continuidad en las zonas naturales que rodean la ciudad.

 

En definitiva, el urbanismo del siglo XXI deberá dejar la concepción decimonónica de cuadrículas y ensanches que albergan personas, con infraestructuras de comunicación como ejes principales, para pasar a contemplar la ciudad como un ser vivo, vertebrado por espacios verdes, que permiten el esparcimiento de los ciudadanos y su disfrute. Un ente animado que late, gira y se mueve en torno a puntos concretos que son aquellas infraestructuras públicas que ayudan a dinamizar la urbe, gracias al uso que los habitantes hacen de ellas.

El ciudadano, los espacios verdes y naturales, la ciudad y sus infraestructuras deben estar todos integrados entre sí, con continuidad, de manera casi orgánica, y con un orden no euclidiano, sino natural, fractal.

 

El anillo verde de Vitoria

Como ejemplo de esto, el director del Centro de Estudios Ambientales de Vitoria, Luis Andés Orive, habló del anillo verde de Vitoria. La capital alavesa era un núcleo urbano compacto que se expandió en los DBC##160. Pero el ensanche miraba hacia adentro, descartando el campo del que los ciudadanos huían, provocando el deterioro de éste. Así, la ciudad pasó a estar rodeada por un aro de un entorno urbano degradado con una matriz rural a la baja, y un segundo anillo de gran territorio.

Hace 20 años el río y los humedales que rodeaban la ciudad eran considerados un problema, y la solución que se propuso era llenar los cauces de hormigón para controlar el flujo del agua. Pero ese plan se revisó y se descartó porque suponía el deterioro del medio ambiente. A cambio se propuso el anillo verde de Vitoria, iniciativa que ha sido reconocida y premiada por todo el mundo.

De esta manera se optó por poner en valor a todos aquellos espacios naturales que rodean la ciudad, incluyendo sendas y caminos para facilitar el esparcimiento de los ciudadanos, y huertos urbanos que además servían de aliviaderos en caso de crecida del río. Soluciones económicas, pero a la vez muy eficaces. La ciudad comenzó a vivir hacia fuera y aumentó la calidad de vida de sus habitantes. Además, se facilitó la unión al segundo anillo de parques naturales y espacios abiertos.

 

La ciudad sin límites

Pero la ciudad no tiene límites, y sigue creciendo. La expansión por la presión urbanística obliga continuamente a redefinir las estrategias. Para Alberto Peñín, director del Máster de Urbanismo de la Universidad Politécnica de Valencia, hay que «redefinir el concepto de periferia urbana» porque la ciudad «siempre crece hacia fuera y hacia adentro, de forma espontánea, tutelada o regulada».

Gracias a infraestructuras como carreteras o puertos se producen nuevas oportunidades para el crecimiento de la ciudad, «y hemos de estar en continua redefinición». Planeamientos que según los expertos se deben de realizar contando con la aportación de la Participación Ciudadana, aunque en España el sistema en tan farragoso que, por ejemplo, Simon Smithson aboga además por la sensibilidad en el diseño.

 

La infraestructura verde

La directora general del Territorio y Paisaje de la Generalitat Valenciana, Arancha Muñoz, abordó la metodología de elaboración del Plan de Infraestructura Verde de la Comunidad Valenciana, cuyo punto de partida «es identificar los paisajes más importantes del territorio -tanto urbanos como periurbanos y áreas naturales- para protegerlos de forma activa e interconectarlos posteriormente».

Muñoz habló en concreto de Valencia, y explicó cómo primero se definieron los espacios naturales, como la huerta, el río Turia, las acequias, la playa y la Albufera, contando con la opinión de expertos y de los ciudadanos. El plan para la capital pretende crear, tomando como eje central el cauce del Turia, un corredor verde que llegue hasta el mar, pero que también una a la huerta y la Albufera. El siguiente paso es crear sendas y vías que interconecten las zonas y permitan a los habitantes de la ciudad disfrutar de su paisaje.

Y es que si antes el urbanismo amenazaba a la huerta debido a la falta de coordinación y planificación, ahora se tiene en cuenta el paisaje como recurso económico, como activo, tanto para la generación de empleo, como por su contribución a la mejor de la calidad de vida. De hecho, con el Plan de Infraestructura Verde de la Comunidad Valenciana, primero son los espacios naturales y el paisaje, y éstos serán los que luego condicionen las zonas urbanas.

Según José María Tomás Llavador, «el hombre del siglo XIX pensaba que la máquina podía con todo, podía controlar y dominar el territorio. Esto ha llevado a un gran desequilibrio, y al final de un ciclo. Ahora tenemos que recuperar esa manera de relacionarnos con el territorio». Tomás aboga por «la sostenibilidad como motor del cambio» y «recuperar para la cuidad los espacios interiores vacíos o degradados».

 

El sur no debe cometer los mismos errores que el norte

Muchas ciudades de la ribera austral del mediterráneo están inmersas ahora en la planificación de su desarrollo urbanístico. Una oportunidad de trabajo importante para los jóvenes arquitectos europeos, ante la saturación del mercado local y la falta de profesionales existente en el sur, conforme explicó Fabián Llisterri, secretario general de la Unión Mediterránea de Arquitectos.

Al Encuentro Internacional de Arquitectos y Urbanistas acudieron también varios arquitectos y arquitectas de países del sur del Mediterráneo para contar sus experiencias. El marroquí Rachid Ouazzani, presidente del Colegio de Arquitectos Urbanistas de Marruecos, habló de la planificación de la expansión de Casa Blanca. Michel Barmaki, vicepresidente de la Unión Mediterránea de Arquitectos, narró los criterios detrás de la reconstrucción de Beirut, ciudad que antes de ser destrozada por la guerra era conocida como la París de oriente.

Por su parte, el arquitecto Akram El Magdoub habló sobre la reforma de la ciudad de El Cairo, ciudad compleja y caótica donde las haya, que está optando por expandirse respetando la tipología local de las viviendas, con sus techos planos, y que pretende unir mediante un corredor turístico, jalonado con edificios públicos de carácter cultural, todos los elementos patrimoniales de esta macro urbe.

Pero la voz crítica la puso Tugce Salin Tagmat, asistente de la secretaría general de la Cámara de Arquitectos de Turquía, quien, tras el desalojo de los habitantes pobres de Sululuke para demoler sus viviendas y construir un barrio para personas acaudaladas, advierte de que las actuaciones que se realicen para mejorar la ciudad han de tener siempre en cuenta a las personas y su forma de vida, «las intervenciones urbanísticas han de servir para conseguir mejores condiciones de vida de los ciudadanos y mejorar el entorno, respetando las costumbres y tradiciones históricas», y añadió que «no se puede quitar a la gente de la calle, ya que eso es lo que nos hace mediterráneos».

Los vecinos de Sululuke eran muy pobres, pero sobrevivían felices por la solidaridad que existía entre ellos. La demolición total y reforma de su barrio les obligó a vivir en otros lugares. Muchas personas no han podido adaptarse a su nueva vida y han perdido su manera tradicional y solidaria de vivir.

 

La directora de Casa Mediterráneo, Yolanda Parrado, subrayó que «el futuro del Mediterráneo va a estar definido por la estructura urbana que seamos capaces de crear». En este sentido, afirmó que «ha habido urbanismo salvaje y se ha perdido patrimonio paisajístico». Pero hay zonas, sobre todo en los países del sur, en las que se empieza ahora a potenciar el urbanismo. Es necesario afrontar estos retos mediante un «desarrollo sostenible, que sea socialmente justo y que sea asumible, tanto para el norte como para el sur».

 

 

Más información en: www.forojaveadevecindad.org

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