En memoria del embajador Vicente Ramírez-Montesinos

30 noviembre, -0001Por: Guiomar

0

Vicente Acabamos de perder en Jávea al embajador Vicente Ramírez-Montesinos, el más asiduo navegante a vela por nuestras costas, y el más atípico diplomático de la carrera. Ya no le encontraremos de nuevo esperando que salte el viento, o aprovechando la ligera brisa para partir hacia las islas.

Vicente y yo nos conocimos cuando ambos teníamos diecisiete años e iniciábamos los estudios de Licenciatura en la Facultad de Derecho de la Universidad Central, situada en el viejo caserón de la calle de San Bernardo de Madrid. Entonces –hace sesenta años- todavía se podía ir sin riesgos en bicicleta desde nuestras casas a la Facultad, y así lo hacíamos con frecuencia. Yo salía de mi casa del extrarradio y le recogía en su chalet de la Colonia del Viso, uno de los barrios más elegantes de Madrid. Su padre era un prestigioso y discreto diplomático, que despreciaba las vanidades y las pompas de la carrera, que interpretaba muy bien al piano las más bellas sonatas, y al que siempre profesé una admiración y una estima a la que correspondió con muchas pruebas de afecto, entre ellas nombrándome albacea de su testamento.

Mientras cursó la licenciatura, no manifestó Vicente ningún vehemente deseo de escalar las glorias diplomáticas, y es de notar que mantuvo esta actitud incluso después de ganar las oposiciones a la carrera. Pero su ingreso en la diplomacia era inevitable dados sus antecedentes familiares, su dominio del francés y del inglés, y su gran facilidad para los estudios que le interesaban. Ello le dio pronto la satisfacción de ocupar el mismo puesto que desempeñó su padre de cónsul de España en Liverpool, y después muchos otros relevantes destinos antes de ser embajador, como cónsul en Miami y en San Francisco, encargado de negocios en Bagdad, etc.

Las cualidades que más caracterizaron a Vicente, y que mantuvo hasta el fin de su vida, fueron su curiosidad intelectual, su espíritu crítico expresado siempre sin la menor restricción, y su menosprecio de los honores. Nadie pudo decir nunca que dejase de expresar su criterio por mucho que ello molestase a alguien, incluidos sus superiores, o que pudiera perjudicarle. El inconformismo y la intransigencia con cualquier injusticia fue su pauta de conducta. Constantemente adoptó a lo largo de su vida actitudes beligerantes contra la injusticia, la incompetencia o la desidia.

Aunque por la profesión de Vicente y la dispersión de la vida moderna nos vimos muchas veces de tarde en tarde, yo fui su permanente amigo. Me cupo el honor de que me nombrase padrino de Guiomar, su primera brillante hija, y él lo fue igualmente de mi hija Beatriz. Vicente se enamoró de la navegación a vela a bordo del Sancocho II, mi segundo pequeño barco, y después la practicó más y mejor que yo como sempiterno y experto navegante solitario o acompañado por personas que le han estimado y admirado.

Crucé el Mediterráneo para encontrarle al término de su misión como Embajador de España en Malta, de la que volvió a España a vela a bordo de la Pinta III, su bonito velero de madera. No le encontramos en su singladura de regreso porque el viento y la mala mar de amura -que a nosotros nos favorecía al venirnos por la aleta- le obligó a refugiarse en Pantelería y le impidió llegar a tiempo a Bizerta donde nosotros recalamos para reparar las velas.

Con la muerte de Vicente Ramírez-Montesinos hemos perdido a una de esas personalidades singulares, tan difíciles de encontrar en nuestros días, cuya inteligencia y amor a lo bello le permitió encontrar un paraíso donde refugiarse en esta zona del Levante español, en su mar y sus tierras circundantes, y con sus gentes, herederas como ningunas otras de la síntesis entre la civilización romana y la cultura árabe.

por Jesús Aparicio Bernal

 

Ver artículo original (242 lecturas)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.