Fragmentos de Xàbia. Junio y San Juan

18 junio, 2011Por: Guiomar

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Tiempo de lectura: 4 minutos

Junio siempre despierta mis recuerdos. Mis imágenes durante este mes se remontan a mi primera infancia, finales de los años 50, a mi madre abriendo el alto ventanal de la habitación,  la nítida luz del sol que  abría mis ojos y los gorjeos desenfrenados de las jóvenes golondrinas reclamando a sus madres el alimento que, directamente a sus nidos, ellas traían presurosas y veloces con sus acrobáticos vuelos.  

El alero de mi casa familiar siempre ha sido  y sigue siendo la casa de las golondrinas. Aunque hace años que no vivo en ella, cuando llega junio la visito para saludar a las nuevas golondrinas y recordarles que, como su ascendencia,  yo también nací  allí y que compartimos juntas las fiestas de San Juan y la llegada del verano.

 Varios acontecimientos hacían que Junio fuese mi mes preferido. El colegio tocaba a su fin y como colofón se celebraba una fiesta de final de curso en la cual las alumnas cantábamos en coro o bailábamos representando pequeñas historietas. También se repartían diplomas de aplicación o de buena conducta a las alumnas destacadas. El acto se celebraba en el Salón del colegio, el mismo que se había utilizado para dar las clases durante todo el curso pero que, para ese día, se convertía en una gran sala de teatro donde acudían las madres y el señor cura quien, conjuntamente con la directora, repartían los diplomas.

Durante este mes mis rutinas diarias sufrían un cambio importante. La casa tomaba mayores dimensiones. Las grandes puertas se habrían de par en par, es decir, desde la puerta de la calle hasta la del patio, con lo cual estos dos espacios irrumpían en mi vida incitándome a disfrutar de esos perfumes entrañables a jazmín,  clavel, geranio, y otros aromas que acompañaban las alegres canciones de mi madre mientras, en el safareig del patio, lavaba las sábanas y manteles y que blanqueaba metiéndolas en un gran lebrillo metálico con agua y polvos de blavet.  

El buen tiempo indicaba que era el momento para hacer la limpieza general en todos los espacios de la casa por lo que se sacaba todo lo que había en armarios y cajones para repasar aquello que el tiempo o la humedad había ensuciado o envejecido. Yo seguía los pasos de mi madre con hojas de papel blanco para ir colocándolos en el fondo de los cajones y era la excusa perfecta para ir descubriendo aquellas pequeñas cosas, nuevas para mí y que eran  huellas de la historia y vivencias de mi familia.

Desde muy pequeña supe que mi calle era distinta a la mayoría de las calles del pueblo. Era la carretera. Por ella pasaban los pocos coches que en ese tiempo circulaban, los autobuses que llegaban de Valencia e iban hasta el Hotel Venturo, el autobús que pasaba hacia el Puerto  y el Portixol y después regresaba para continuar hacia la estación del tren de Gata, los carros tirados por machos, carros de labradores que por la mañana iban en una dirección y por la tarde volvían en la dirección contraria para regresar a sus hogares.

Esa misma calle que en invierno era inmensa, donde el viento se hacia oír con mayor intensidad, y que yo no podía cruzar sin el permiso  y la supervisión de mi madre; en Junio, la calle acaparaba la vida de los vecinos. Se acercaban las fiestas y como antiguas novias preparando sus esponsales, así se preparaban las vecinas para recibir «Les fogueres de San Joan». Se encalaban las fachadas, se repasaban con barnices o aceites las sillas y otros muebles, y se limpiaba con mayor esmero las entradas para homenajear a las visitas que acudirían para  contemplar los pasacalles con la Banda de música, a las falleras y sobre todo las cabalgatas  que daban realce y esplendor a nuestra ancha calle.  

Durante los días que precedían  a esas fechas había mucho movimiento en toda la villa. Los jóvenes iban dejando en las bocacalles las maderas y cuerdas que constituirían las barreras del  corro en los momentos previos a la entrà dels bous. Los carros también se colocaban cerrando la plaza de la Iglesia y sobre ellos se sentaban algunas mujeres y niños; aunque la mayoría se reunía en la casa de alguna amiga o familiar entreteniéndose al ver correr a los jóvenes delante del toro y donde festejaban la fiesta con merienda y tertulia.

También los niños estaban ocupados. Recuerdo a mi hermano y a un grupo de niños que iban recogiendo por las casas,  por las carpinterías y por las tiendas, cartones, maderas, virutas, retales y todo aquello que les podía servir para realizar una pequeña falla.  Mi abuela se subía a la falsa cuberta  de la casa y, rebuscando en capazos o en un gran arcón,  siempre encontraba algún objeto o alguna vieja muñeca de cartón que hacía las delicias de «los jóvenes falleros».

Si las vísperas de San Juan eran siempre motivo de revuelo y alegría,  su culminación llegaba el día veinticuatro. Ese día siempre ha sido muy especial para mí y va unido a mi padre.  Era el día de su santo y mi cumpleaños. Cuando se acerca dicha fecha, retrocedo en el tiempo y veo a los músicos y las falleras entrando en casa para felicitar a mi padre quien les obsequiaba con licores y dulces, costumbre muy arraigada en esa época para la celebración de la onomástica y en el caso de mi padre, venía toda la comisión de Fogueres, ya que él era parte de dicha comisión, la misma que instauró las fiestas de San Juan en Xàbia.

La Placeta del Convent era el lugar donde se plantaba la Falla y allí, a su alrededor durante tres días se reunían casi todos los vecinos del pueblo para convivir y celebrar la llegada del verano escuchando los compases de la música. Puedo ver la placeta adornada con banderitas de papel de muchos colores, las mesitas del Bar Noi repletas de gente de todas las edades, el carro de los helados Espinosa con sus xambits, los vendedores de globos, «las barquitas o columpios», la tómbola, el resplandor de las hogueras, las guirnaldas que adornaban los carros en la cabalgata, el olor a pólvora de las tracas, las falleras con sus hermosos vestidos, el raïm y les bacores que entregaban a Sant Joan en la Teulería  y sobre todo escucho la música, la música de la Banda que con sus pasodobles de Xàbia y Fogueres, año tras año, hacen que me emocione por San  Juan.

«Visca Xàbia i visquen le Fogueres de Sant Joan!»

Reme Berenguer

 

fotografía extraída del libro «Gent amb gent, Amics amb Amics. Xàbia, els nostres records» de Botella Ediciones

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