Horticultura para mejorar la educación de niños huérfanos

Por: Guiomar

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Tiempo de lectura: 3 minutos

Eduardo Briones y su mujer Pilar, junto a sus hijos Andrea y Rubén, acaban de volver de la República Dominicana, donde han estado desarrollando un proyecto educativo que comprende la creación de un invernadero y de un huerto para el consumo propio en un orfanato de la ONG Nuestros Pequeños Hermanos (NPH).

Con la ayuda de la ONG murciana Iter, que dona todo el material necesario para instalar el invernadero, Pilar y Eduardo, ingenieros agrónomos, llevan varios años enseñando a los huérfanos de NPH de diferentes países centroamericanos cómo poder crear su propio huerto y cultivar sus propias hortalizas. De esta manera, consiguen que cientos de niños abandonados o sin madre no sólo tengan una mejor alimentación, sino que además aprendan una actividad, que sube su autoestima, mejora su rendimiento escolar y proporciona una salida laboral en el futuro.

Tras la experiencia en otros países como Honduras, México y Nicaragua, Pilar y Eduardo han aprendido que la mejor manera para conseguir la implicación de los jóvenes es ofrecer la actividad de forma voluntaria. De esta manera se implican con mucho más interés y los beneficios que obtienen llegan incluso a ser espectaculares. Como fue el caso de tres jóvenes hondureños, desahuciados por los profesores para los estudios, pero que tras la experiencia con los huertos han terminado la secundaria e ingresado en el bachillerato agrícola o incluso obtenido becas para estudiar agronomía en universidades de prestigio.

Aunque quizá no siempre los resultados sean tan llamativos, sí que es verdad que todos los niños que participan en el proyecto, por muy difíciles y conflictivos que fueran antes, ven cómo el trabajo en el huerto aumenta su autoestima y mejora su concentración y su conducta. El motivo es porque el trabajo físico en el huerto, no sólo les encanta, sino que quema mucha de la energía que les sobra, con lo cual luego acuden más tranquilos a clase. Pero también, la mejora en su alimentación por la inclusión de frutas y verduras, y que antes sólo consistía en arroz y frijoles, aporta vitaminas y minerales, esenciales para que los niños estén bien nutridos y puedan rendir mejor mentalmente.

Pero Eduardo y Pilar no sólo enseñan a cultivar hortalizas y frutas, sino que también imparten clases de refuerzo de matemáticas, enseñan a los niños a jugar ajedrez, y estimulan actividades deportivas y lúdicas, entre las cuales incluían visitas a la playa para aprender a nadar. Ésta es una labor que procuran no decaiga cuando ellos finalizan el proyecto, que dura alrededor de un año, gracias al seguimiento que la ONG hace, pero también a los cursos de capacitación que imparten a los educadores y cuidadores del.

En este sentido, y en el caso de aquellos niños que quieren estudiar hasta la universidad, NPH apoya en la medida en la que puede a estos jóvenes, a cambio de que ellos dediquen un año antes y un año después de sus estudios superiores a hacer de cuidadores en el orfanato.

 

Aprender haciendo

La metodología que emplean Pilar y Eduardo es la de aprender haciendo. De hecho, a la hora de crear el huerto, a cada niño se le asigna una fila de tierra o un árbol que él deberá labrar, plantar regar, fertilizar, cosechar, comer, y si quiere, regalar a otros.

El hecho de ser propietarios de algo por primera vez en su vida -y es que ni siquiera la ropa que llevan les pertenece, sino que se pasa de un niño a otro-, les hace sentirse muy bien. Junto con el trabajo en equipo a la hora de instalar y levantar el invernadero, de arar el campo o de recoger la cosecha, la autoestima de estos pequeños, que a menudo han sufrido mucho a pesar de sus cortas vidas, se ve incrementada notablemente, así como su felicidad. Además, al tener pueden dar, y eso les llena de orgullo y satisfacción.

Por otro lado, la producción del invernadero es muy agradecida y puede llegar a ceder una producción hasta nueve veces superior que en campo abierto. El resultado del esfuerzo se ve además muy rápidamente. En sólo 21 días crecen los rabanitos y en 45 se pueden cosechar unos estupendos pepinos de más de 30 centímetros.

Lo que antes era un trozo de tierra descuidado, casi yermo y con hierbajos, en cuestión de mes y medio se convierte en un vergel lleno de alimentos. Se cultivan pepinos, lechuga, acelgas, tomates, rabanitos, zanahorias, berenjenas, papayas, maracuyás, limoneros, naranjos, plataneros,…

Hermosos frutos con los que los niños luego se alimentan, que les llena de satisfacción y que les convierten en mejores estudiantes. Eduardo Briones, durante la exposición del proyecto en la Casa de Cultura, puso el ejemplo de un pequeño tocayo suyo, un niño de unos 10 años, mal alumno, que en sólo seis meses mejoró sus notas en un 95%, sacando una media de 85 sobre 100.

La familia Briones tiene previsto presentar este proyecto también en el IES nº1.

 

www.asoc-iter.org

www.nph.org

 

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