Ibiza. La isla del Sol y la Libertad

30 noviembre, -0001Por: Guiomar

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Hay muchas Ibizas. Depende de quién mire, existe una Ibiza diferente. Está la Ibiza de los que quieren ser vistos y de los que quieren ver; la de las playas a pie de hotel para toda la familia; la de las discotecas míticas (Pachá, Divino, Privilege, Amnesia…, y no me acuerdo qué otras); la de los artistas; la Ibiza de los hippies; la del “pagès” la de las puestas de sol y calitas a ritmo de chillout…

Con una superficie 8 veces mayor que la de Xàbia y sólo el doble de población, Ibiza ha conocido tiempos de miseria y tiempos de gloria. Sus onduladas colinas y agrestes acantilados, sus soleadas calas y playas, su tierra seca pero fértil, han visto pasar civilizaciones y culturas, casi sin inmutarse. A pesar de que algunas partes de la isla han sufrido las garras depredadoras de la construcción bajo el pretexto del turismo, la lección fue aprendida pronto, y actualmente casi la mitad de la isla está protegida, o incluso declarada Patrimonio de la Humanidad, y sobre suelo rústico, la extensión mínima para construir es de 15.000 a 50.000m2.

Como resultado de todo esto, Ibiza sufre las garras del denominado progreso en San Antonio, Santa Eulària e Ibiza, donde se sigue levantando bloques de apartamentos, a pesar de la escasez de agua.
Sin embargo, el resto es como un paraíso, conformado por bosques de pinos y campos bien cuidados, donde abundan los olivos, las higueras y los almendros. Una delicia para los sentidos ver tanto verde contrastado con el rojo intenso de la tierra recién removida.

Luego está la costa, generalmente agreste, con pequeñas calas y playas, algunas más recónditas que otras, todas sorprendentes, bellas y acogedoras. Más de cincuenta en número, hay una para cada persona, para cada estilo. Las playas de Talamanca, D’En Bossa o la Bassa para ir con toda la familia. San Miquel, San Vicente o Santa Eulària para los turistas del norte de Europa. Cala Tarida o San Antonio para estar rodeado de humanidad. Las finas arenas blancas de Ses Salines para los más fashion. Cala d’Hort o Cala Vedella para personas maduras que redescubren el disfrutar de la vida. Es Cavallet para la comunidad gay. Platjes de Comtes para una intimidad compartida. S’Aigua Blanca, donde perderte con tu pareja. La soledad de Cala Xarraca. La tranquilidad de Cala Gració y Gracioneta. La elegancia de la colorada Sa Caleta… Y en todas ellas hay al menos un chiringuito o restaurante, donde disfrutar de algún manjar típico al son del mar y de la música siempre buena, si es que tanto alimento para el espíritu aún te deja con hambre.

El interior de la isla no tiene nada que ver con la costa. Los pueblos son una iglesia y cuatro casas, rodeados de bosques y zona agrícola. Pero a pesar de su tamaño, son el lugar ideal para comer o cenar –Santa Gertrudis, San Carlos, Sant Joan o Sant Josep-, a precios más asequibles que la costa. Alrededor de los pueblos, pequeñas casas típicas salpican escasamente el terreno, sin grandes pretensiones, y en las que la tranquilidad y la practicidad son su mayor virtud. El auténtico “pagès” es un ser discreto. Se le intuye pero raramente se le ve. Deja estar, mientras le dejen ser. Fiel y orgulloso de su cultura, las modas no le influyen, mientras a su alrededor se generan las últimas tendencias.

Ibiza es el “centro del mundo” para muchas tendencias artísticas y sociales, que comienzan ahí sin problemas, como la moda Ad-lib –originado por la princesa y diseñadora de yugoslava, Smilja Mihailovitch-, que consiste en vestir como uno quiere, con tal de hacerlo con elegancia. Ibiza, su tierra y su color, es hogar e inspiración para numerosos artistas.

Y de Ibiza viene la popularización de la música tecno, el house y el chillout. Los DJs son más que meros pinchadiscos. Son dioses cuyas efigies aparecen por toda la isla, y que tienen el don de divulgar la felicidad y el buen rollo de una forma mística a la masa que a sus pies baila, bebe, es vista y ve, desde que el sol se pone hasta que vuelve para hacer desaparecer la magia de la noche.

Pero si existe un “deporte nacional” en Ibiza, es ver la puesta del sol desde cualquier cala, playa o mirador, escuchando música chillout. Café del Mar, en San Antonio de Portmany, lleva 25 años cultivando esta tradición, y sorprende ver la cantidad y variedad de personas que se agolpan en su terraza, en las rocas que dan al mar –o incluso en los otros dos “cafés del mar” que tiene a su lado, haciendo la competencia-, viendo como el sol desaparece detrás de la isla de la Conejera, mientras la música a todo volumen te sugiere que estás presenciando un momento mágico. No hay que perderse el ocaso desde el Café del Mar para entender muchas cosas de Ibiza, pero existen muchos otros puntos más íntimos para disfrutar de él, como les Platjes de Comte, el Cap Negre, la Cala d’Hort o la Cala Codolar. Y en días muy despejados, el horizonte regala una sorpresa: la silueta de la costa levantina, con el Montgó claramente recortado sobre el cielo e iluminado por detrás.

En Ibiza hay mucho qué hacer: tomar el sol, navegar, hacer senderismo, ir en bici, etc. Hay mucho dónde elegir, pero no hay que perderse los mercadillos hippies –ni el ambiente ni las actuaciones-, como el de los miércoles en Punta Arabí, y sobre todo, los sábados el de Las Dalias. Pero hay mucho más…

Ibiza depende del color del cristal con que se mire. Es una isla donde hay de todo y donde caben todos, que absorbe como una esponja lo que llega de fuera para destilar un estilo propio, transmitiendo un aire de libertad y tolerancia. En Ibiza te sientes tú mismo, libre de juicios y prejuicios, rodeado por una realidad única pero familiar, donde se pierde la noción del tiempo. En Ibiza hay una sensación de libertad, de entendimiento humano, de que cada cual es como es. Un lugar perfecto para desconectar de la rutina diaria, ensimismarte y volverte a encontrar.

Y si en Ibiza el tiempo pasa de una forma extraña, en Formentera se paró por completo. En la isla del sol, las lagartijas y las higueras, los relojes se hunden en algún lugar entre el árido Cabo de Barbària y la Punta de la Mola. Quizá desaparecen entre las dunas de la playa de Migjorn, en la arena de la Cala Sahona, o en las aguas del Estany de Peix, no sabría decir… Pero esto es otra historia…

 

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