Malta, 7000 años de historia en 300 km2

Por: Guiomar

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Cuando un territorio se encuentra en un punto tan estratégico, a mitad de camino entre Italia y Túnez, entre Europa y África, está condenado a ser invadido, conquistado y disputado por siglos. Si este territorio es una isla y se llama Malta, su atractivo como cruce de caminos marítimos aumenta, y la mezcla de culturas que han pasado por este pequeño gran lugar han formado la actual cultura maltesa, que es europea, inglesa, italiana, oriental y, en todo caso, mediterránea.

Este verano he tenido ocasión de conocer este lugar, gracias a “Mr. Ryanair”, que deja Malta a 2 horas exactas de Valencia, pero sobre todo gracias a un amigo, James, a su familia, y a otros malteses, que me han facilitado la integración en la vida real de este pequeño gran país formado por las islas de Malta, Gozo y Comino, y que apenas supera los 400.000 habitantes.

Por supuesto, aproveché para aprender inglés. ¿Inglés en Malta? Sí, recordemos que Malta fue una colonia inglesa durante más de siglo y medio, y aunque quedó totalmente independiente de Reino Unido en 1979, la impronta británica se aprecia desde la llegada al aeropuerto (conducción por la izquierda y volantes a la derecha), hasta en las costumbres a la hora de comer (hora del té, desayuno con cereales, etc.) y, por supuesto, en el idioma.

Sin embargo, los malteses entre ellos no hablan inglés, sino su propia lengua de origen árabe, aunque fuertemente romanizada, y escrita en alfabeto latino. En Xàbia tenemos una situación muy similar que nos ayuda a entender la de Malta: un xabiero conoce el castellano pero quizás no lo hable con otro xabiero, sin embargo, en una conversación con un forastero no tiene problema en “pasarse al castellano” y continuar con normalidad.

Así pues, en Malta se habla maltés, idioma semítico de complicadísima comprensión, con dos variantes diferentes y sonoridad muy similar al árabe pero con algunas palabras italianas e incluso de origen catalán (los nombres de los vientos son prácticamente iguales). Sin embargo, toda la población conoce perfectamente el inglés y el italiano; este último por la cercanía geográfica y cultural que produce que la señal de la RAI llegue a todos los televisores. Y es que, al igual que ocurre con los países escandinavos y bálticos, cuyas lenguas propias son habladas por un reducido número de personas, los malteses tienen un don para los idiomas, y lo han sabido aprovechar para poder comunicarse con el exterior.

Y bien que se comunican. El carácter de la gente es en general muy alegre, abierto, pero sobre todo amable y hospitalario, como ya se afirmaba en los Hechos de los Apóstoles, donde se cuenta que San Pablo, llevado prisionero hacia Roma, paró en Malta, donde “los nativos nos demostraron una humanidad poco común”. Y el adjetivo “hospitalario” cobra doble importancia en este país, ante el hecho de haber sido una importante sede de la orden militar de San Juan de Jerusalén, más conocida como la Orden de Malta u Orden del Hospital, pues sus caballeros atendían a los peregrinos que marchaban hacia Jerusalén.

Es precisamente el patrimonio monumental herencia de esta orden el que más y mejor identifica a este país. El hecho de que una orden acabara siendo conocida con el nombre de Malta y que ésta se extendiese por Europa como las ocho puntas de su cruz (que representan a las ocho “compañías” o lenguas, correspondientes a Provence, Auvergne, Francia, Italia, Aragón, Castilla, Alemania, Inglaterra) es sin duda un orgullo para sus habitantes. Ciudades fortificadas, palacios, iglesias y hospitales pueblan la isla y muestran en varios lugares del país todavía hoy el esplendor que debieron tener durante siglos.

Y es que Malta es, en esencia, una fortificación en sí, aunque hoy en día no sólo ya no se defiende sino que abre sus puertas acogiendo e impresionando al viajero. ¿Y qué impresiona más en Malta? Realmente tanto sus interesantes monumentos y sus ciudades como su paisaje litoral y el propiamente urbano.

Sin duda, la ciudad más conocida de Malta es la propia capital, La Valeta, llamada por los malteses simplemente Valletta -con pronunciación italiana-, debido a que fue fundada por el Gran Maestre Jean de la Vallette. La importancia estratégica de la ciudad se aprecia por su emplazamiento, sobre un gran saliente de tierra, que le permitió disponer de dos grandes puertos naturales, uno a cada lado de la ciudad, y una robusta muralla desde la que controlarlos y avistar posibles invasiones. Es curioso que muchos comparen las calles de Valletta con las de San Francisco, y es que el trazado urbano en cuadrícula impulsado con el Renacimiento en el siglo XVI -a pesar de no ser una ciudad plana-, convierte a algunas calles en auténticas cuestas donde la pendiente se salva mediante escalones.

En el centro de la ciudad aparece la exteriormente sobria St. John Co-cathedral. Nada que ver con el interior, un gran templo cien por cien barroco que impresiona en especial por las más de 400 lápidas que forman el suelo de toda la nave, y las capillas. Si bien los edificios barrocos no me maravillan (quizás por ser tan comunes en nuestras tierras), reconozco que quedé boquiabierto tanto con este templo como con el también recomendable Palacio del Gran Maestre, de impactantes corredores que trasladan a épocas épicas.

En el centro de la isla se sitúa la ciudad de Mosta (que significa centro en maltés), visible desde cualquier elevación de la isla gracias a la gran iglesia rotunda, templo circular de sobredimensionada cúpula, la tercera mayor del mundo en su género. Como ya ocurría con la catedral de Valletta, si el exterior es llamativo, el espacio interior de este templo impresiona por su amplitud, y se puede apreciar todavía el remiendo realizado para cubrir el agujero que ocasionó la caída de una bomba en la II Guerra Mundial, artefacto que no explotó y del que se conserva una réplica en la sacristía como recuerdo de lo que la población local considera un auténtico milagro.

En una visita a Malta tampoco puede faltar el dúo Rabat-Mdina. En Rabat se pueden visitar las impresionantes catacumbas de los primeros cristianos de la isla, del siglo IV d.C., una villa romana y varios lugares relacionados con la estancia de San Pablo en la isla, como la plaza en la que predicó y, sobre todo, la gruta en la que vivió, y que hoy es seguramente el lugar de mayor devoción para los malteses, gente de fuerte sentimiento religioso como demuestra la alta participación en las celebraciones litúrgicas y el número de templos católicos (Malta posee unas 360 iglesias).

Y junto a Rabat, quedando ya como un barrio de esta población, se encuentra la pequeña Mdina, núcleo urbano apodado como “la ciudad silenciosa”, con apenas 300 habitantes. Mdina se muestra como un viaje en el tiempo con el que adentrarse en una pequeña ciudad medieval de cierto sabor oriental, robustas murallas y trazado de estrechas calles, tan sólo alterado por plazas como la que se abre frente a la catedral. ¿Una catedral en un lugar con 300 habitantes? Sí, y es que hay que tener en cuenta que la hoy pequeña y silenciosa Mdina fue durante siglos capital de la isla, por lo que esta barroca catedral casi tan impresionante como la de Valletta.

Para acabar con el capítulo monumental, vale la pena visitar finalmente alguno de los templos prehistóricos, Patrimonio de la Humanidad, que alcanzan los 7.000 años de antigüedad e invitan a preguntarnos qué tipo de seres humanos movieron piedras de semejante tamaño y qué significado le daban a tales megalitos, cosa que quizá nunca lleguemos a saber. Destaca el templo de Gjantija, en Xaghra, en la isla de Gozo.

Y a propósito de Gozo, una escapada a este bello rincón del archipiélago es cita obligada para el visitante. Un cómodo, económico y efectivo ferry realiza el trayecto de media hora que separa ambas islas, pasando muy cerca del islote de Comino y de su paradisíaco Blue Lagoon, donde se filmó la película del mismo nombre, y del que cuentan que tomar un baño en él es un auténtico placer.

En Gozo no sólo está el templo de Gjantija, sino que también es interesante Victoria-Rabat, en el centro de la isla, con su imponente Ciudadela, desde la que se aprecia la totalidad de la extensión de la isla, y de cuyo skyline destacan las iglesias, de gran altura en comparación con el resto de edificaciones de los pueblos.

También aquí las iglesias son barrocas y neoclásicas y de abundante decoración interior, si bien (y esto es una aspecto común a toda Malta) resulta curiosa la dificultad para saber cuándo estamos ante un edificio histórico, pues en Malta se construyen aún las iglesias con piedra arenisca (de gran parecido a nuestra tosca), siguiendo modelos clásicos, y muchos edificios que parecen estar ahí desde hace siglos en realidad no llevan más de 20 años en pie.

Al suroeste de Gozo se encuentra la llamada Blue Window (ventana azul), delicada formación natural en los acantilados, cuyo derrumbe está previsto para dentro de unos 50 años; y junto a este lugar, la también característica formación del Inland Sea (mar interior), pequeña cala de grava, aguas tranquilas y transparentes, que tiene como horizonte los acantilados y el pequeño canal natural a modo de túnel que la comunica con el mar abierto.

Y de vuelta a Malta, también existe una gran variedad de playas, si bien no son abundantes las de arena, representadas por las Gnajn Tuffieha Bay (cala arenosa rodeada de paisaje virgen) y la animada Golden Bay, ambas vecinas y al oeste de la isla. Por otro lado, la costa rocosa es la habitual en la zona norte de la isla, mientras que el acantilado sur que servía de muralla natural ante los ataques hoy invita a practicar deportes como el senderismo, el submarinismo o el “abseiling” (rappel).

Además de todos estos lugares, no hay que olvidar en Malta otros tantos como: el pequeño pueblo pescador de Marsaxlokk, con sus coloreadas barcas “Luzzu”; el templo prehistórico subterráneo “Hypogeum”, que no he explicado por la imposibilidad de visitarlo ante la necesidad de reservar la entrada con semanas de antelación; el agradable paseo junto al mar atravesando la costa de Msida, Gzira, Sliema y St. Julians, con sus bahías y puertos naturales; y por supuesto la zona más animada de Malta, el barrio de Paceville, en St. Julians, donde se concentran durante los meses de verano todos los estudiantes de inglés de las escuelas cercanas.

En todo caso, si os animáis a viajar a Malta y todos estos lugares no consiguen dejaros buenos recuerdos del país, siempre quedará en la memoria su servicio de transporte de autobús: sus famosos vehículos amarillos, algunos de más de 50 años de antigüedad, marchando siempre con la puerta abierta, se mantienen en activo bien porque, como me dijo James, “los malteses somos muy prácticos, y mientras funcionen no hay motivos para cambiarlos” o bien porque realmente hacen las delicias de los visitantes. De hecho, sin duda se han convertido en un icono de Malta, siendo una de las estampas más representadas en los artículos de souvenir que se venden por todo el país. Y es que, aunque incómodos y antiguos, ciertamente son graciosos.

Y si aún no os he convencido para ir a Malta, preguntaos si hay muchos países con esta riqueza de atractivos de los que se pueda llegar a decir que se ha visitado “todo” en unos días. Probablemente no muchos, y seguro que no como Malta, única e irrepetible, aunque suene típico decirlo.

por Marcos Buigues Metola

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