Salvador Abril. La cueva misteriosa (1915. Colección particular) El libro de viajes del pintor Salvador Abril y cómo Xàbia le deslumbró (II)
David Gutiérrez Pulido · Historiador del Arte · www.sorollajavea.wordpress.com
Continuamos con el relato que iniciamos la semana pasada (ver artículo) en donde mostramos, de manera resumida, las impresiones y experiencias que el pintor valenciano, Salvador Abril y Blasco, dejó escritas en la publicación Recuerdo de mis excursiones (Valencia, 1915), fruto de su visita por primera vez a Xàbia. En esta entrega, nos centraremos en la excursión que realizó por la costa Sur, un viaje que le supuso grandes dificultades a la vez que mucha fascinación por contemplar los paisajes que iba conociendo.
Domingo, 4 de Junio
Este día, amaneció con un poco de lluvia. Julio Cruañes vuelve a recoger a Abril en su tartana y de nuevo se dirigen al puerto para tomar en Dengué. A punto de embarcar, un carabinero se lo impidió, dado el estado de alarma que se mantenía desde 1898. Solucionado el asunto, inician su recorrido por la bahía de Xàbia. El mar estaba muy agitado pero era mejor seguir adelante que dar la vuelta. Como resultado de esta vivencia, Salvador Abril realizó una acuarela que incluyó en su relato, mostrando a los ocupantes del Dengué en serias dificultades para poder avanzar.
![[Img #8572]](https://xabiaaldia.com/upload/images/06_2024/7828_fig-02.jpg)
Cruzaron la isla del Portitxol, “así fuimos, contemplando los acantilados donde se estrellaba el imponente oleaje convirtiéndose en grandes cascadas”, nos relata el pintor. Llegando al cabo de la Nao, le llamó la atención las pesqueras que colgaban de los acantilados y empezó a contemplar las cuevas que se generaban bajo los acantilados. Pasaron por la Punta del Emperador y para resguardarse del fuerte estado de la mar, entraron a la Cueva Grande del Agua o Cova Gran. En este punto cabe hacer una aclaración, y es que Salvador Abril está confundiendo el nombre de la Cova Gran con la Cova dels Orguens o de los órganos, llamada así por sus formaciones de estalactitas, que es donde realmente accedieron.
Una vez en el interior de la cueva, los tripulantes se bajan de la embarcación para descansar mientras que Salvador Abril, aprovecha para realizar un estudio de lo que está viendo, expresando sus impresiones de la siguiente manera:
“Aunque ocupado en aquel interesante estudio, oía las exclamaciones de mis compañeros que con justicia la elogiaban entusiasmados. Verdaderamente se lo merece.
Hay que admirar aquellas tonalidades.
El morado únese al azul nacarado de la línea de sus aguas.
Las estalactitas, verdes, contrastan con las concavidades oscuras, en donde chispean tonos metálicos.
Los peñascos y los arrecifes, amarillentos, que parecen esponjosos, destacan sobre un fondo pardo verdoso, de las grandes masas de piedra que se cortan paralelamente en la línea del agua por donde éstas penetran.
Todo ello forma un bellísimo conjunto, verdaderamente digno de admiración”.
![[Img #8573]](https://xabiaaldia.com/upload/images/06_2024/2267_fig-03.jpg)
Como resultado de estas impresiones que tiene el pintor, será la realización de dos obras inspiradas en este mismo lugar. Por un lado, un pequeño cuadro o apunte titulado La cueva misteriosa. Apunte (1915. Colección particular), el cual salió a subasta en 2021 y del que ya hicimos un comentario al respecto (consultar artículo). Una delicada pintura que representa el interior de la cueva mostrando ese contraste entre las rocas del interior con las aguas tranquilas y cristalinas que describe. Pero este escenario también será la inspiración para realizar otra pintura, ya en su estudio de Valencia, de mayores dimensiones, La cueva misteriosa (1915. 205 x 300 cm. Colección particular). Una magnífica obra que refleja la fuerza de la naturaleza a través de la inmensidad de las rocas que ofrece la cueva con un agitado mar cuyas olas rompen en su interior, al tiempo que ofrece un fuerte contraste de luz que entra a través de la oquedad de apertura de la cueva y que va oscureciéndose hacia la izquierda del cuadro. Esta obra, ya fue objeto de admiración en la prensa valenciana y fue presentada, en mayo de 1922, en el Círculo de Bellas Artes de Valencia.
![[Img #8574]](https://xabiaaldia.com/upload/images/06_2024/9386_fig-04.jpg)
Otra de las experiencias que vivieron dentro de la cueva fue el ver pasar, a través de la oquedad de acceso de la cueva, un barco de vapor desde el cual, un hombre agitaba su brazo con un pañuelo en la mano. Ayudados por los prismáticos, se percataron que era Tofolet, el hijo de Tony, el patrón del Dengué, haciéndoles gran ilusión a todos los que estaban allí. Salvador Abril, quiso inmortalizar este momento a través de la acuarela Cueva del agua (1915. Colección particular) que también incluyó en el relato de su publicación.
Llegó la hora de salir de esta cueva no sin gran dificultad: “Salimos de proa a las enormes rompientes, las que, como colosales mandíbulas, parecía que trataban de triturarnos, e impedían nuestra salida aprisionándonos en aquella formidable concavidad”, describe Abril. Continuando su recorrido, comenta que pasaron por otra cueva llamada de Los Órganos, aunque es obvio que está confundiendo el nombre y que después: “Entre los rincones visitamos otra cueva llamada del Lobo, la cual estaba resguardada del viento reinante, y el mar bastante tranquilo”, haciendo referencia a la Cova del Llop Marí, y así, siguieron su viaje hasta llegar a la Granadella en donde tomaron tierra para comer y descansar.
![[Img #8575]](https://xabiaaldia.com/upload/images/06_2024/3060_fig-05.jpg)
Desde la Granadella, aunque Julio Cruañes les sugirió volver a pie por el estado de la mar, Tony, el patrón, se sintió confiado de regresar de nuevo en el Dengué, y así bordearon nuevamente los acantilados. A la altura del cabo de San Martín “observamos que flotaban infinidad de objetos voluminosos que nos los acercaban las corrientes”, tratándose de ramajes de árboles que podían peligrar su travesía. Y al doblar el cabo “apareció la silueta del Montgó formando conjunto con el de San Antonio, asemejándose a un colosal caracol que se dirigiera al mar, con una brillante estrella en la frente”. Esta anécdota que nos cuenta Abril, también la reflejó en la acuarela Vista del Montgó y el cabo (1915. Colección particular), que incluyó para ilustrar su relato.
Para concluir la jornada, llegaron finalmente a puerto por la noche, y montando en la tartana de Julio Cruañes, se dirigieron nuevamente a la Fonda Valenciana en donde cenaron y tuvieron una larga sobremesa.
Continuará…
David Gutiérrez Pulido · Historiador del Arte · www.sorollajavea.wordpress.com
Continuamos con el relato que iniciamos la semana pasada (ver artículo) en donde mostramos, de manera resumida, las impresiones y experiencias que el pintor valenciano, Salvador Abril y Blasco, dejó escritas en la publicación Recuerdo de mis excursiones (Valencia, 1915), fruto de su visita por primera vez a Xàbia. En esta entrega, nos centraremos en la excursión que realizó por la costa Sur, un viaje que le supuso grandes dificultades a la vez que mucha fascinación por contemplar los paisajes que iba conociendo.
Domingo, 4 de Junio
Este día, amaneció con un poco de lluvia. Julio Cruañes vuelve a recoger a Abril en su tartana y de nuevo se dirigen al puerto para tomar en Dengué. A punto de embarcar, un carabinero se lo impidió, dado el estado de alarma que se mantenía desde 1898. Solucionado el asunto, inician su recorrido por la bahía de Xàbia. El mar estaba muy agitado pero era mejor seguir adelante que dar la vuelta. Como resultado de esta vivencia, Salvador Abril realizó una acuarela que incluyó en su relato, mostrando a los ocupantes del Dengué en serias dificultades para poder avanzar.
![[Img #8572]](https://xabiaaldia.com/upload/images/06_2024/7828_fig-02.jpg)
Cruzaron la isla del Portitxol, “así fuimos, contemplando los acantilados donde se estrellaba el imponente oleaje convirtiéndose en grandes cascadas”, nos relata el pintor. Llegando al cabo de la Nao, le llamó la atención las pesqueras que colgaban de los acantilados y empezó a contemplar las cuevas que se generaban bajo los acantilados. Pasaron por la Punta del Emperador y para resguardarse del fuerte estado de la mar, entraron a la Cueva Grande del Agua o Cova Gran. En este punto cabe hacer una aclaración, y es que Salvador Abril está confundiendo el nombre de la Cova Gran con la Cova dels Orguens o de los órganos, llamada así por sus formaciones de estalactitas, que es donde realmente accedieron.
Una vez en el interior de la cueva, los tripulantes se bajan de la embarcación para descansar mientras que Salvador Abril, aprovecha para realizar un estudio de lo que está viendo, expresando sus impresiones de la siguiente manera:
“Aunque ocupado en aquel interesante estudio, oía las exclamaciones de mis compañeros que con justicia la elogiaban entusiasmados. Verdaderamente se lo merece.
Hay que admirar aquellas tonalidades.
El morado únese al azul nacarado de la línea de sus aguas.
Las estalactitas, verdes, contrastan con las concavidades oscuras, en donde chispean tonos metálicos.
Los peñascos y los arrecifes, amarillentos, que parecen esponjosos, destacan sobre un fondo pardo verdoso, de las grandes masas de piedra que se cortan paralelamente en la línea del agua por donde éstas penetran.
Todo ello forma un bellísimo conjunto, verdaderamente digno de admiración”.
![[Img #8573]](https://xabiaaldia.com/upload/images/06_2024/2267_fig-03.jpg)
Como resultado de estas impresiones que tiene el pintor, será la realización de dos obras inspiradas en este mismo lugar. Por un lado, un pequeño cuadro o apunte titulado La cueva misteriosa. Apunte (1915. Colección particular), el cual salió a subasta en 2021 y del que ya hicimos un comentario al respecto (consultar artículo). Una delicada pintura que representa el interior de la cueva mostrando ese contraste entre las rocas del interior con las aguas tranquilas y cristalinas que describe. Pero este escenario también será la inspiración para realizar otra pintura, ya en su estudio de Valencia, de mayores dimensiones, La cueva misteriosa (1915. 205 x 300 cm. Colección particular). Una magnífica obra que refleja la fuerza de la naturaleza a través de la inmensidad de las rocas que ofrece la cueva con un agitado mar cuyas olas rompen en su interior, al tiempo que ofrece un fuerte contraste de luz que entra a través de la oquedad de apertura de la cueva y que va oscureciéndose hacia la izquierda del cuadro. Esta obra, ya fue objeto de admiración en la prensa valenciana y fue presentada, en mayo de 1922, en el Círculo de Bellas Artes de Valencia.
![[Img #8574]](https://xabiaaldia.com/upload/images/06_2024/9386_fig-04.jpg)
Otra de las experiencias que vivieron dentro de la cueva fue el ver pasar, a través de la oquedad de acceso de la cueva, un barco de vapor desde el cual, un hombre agitaba su brazo con un pañuelo en la mano. Ayudados por los prismáticos, se percataron que era Tofolet, el hijo de Tony, el patrón del Dengué, haciéndoles gran ilusión a todos los que estaban allí. Salvador Abril, quiso inmortalizar este momento a través de la acuarela Cueva del agua (1915. Colección particular) que también incluyó en el relato de su publicación.
Llegó la hora de salir de esta cueva no sin gran dificultad: “Salimos de proa a las enormes rompientes, las que, como colosales mandíbulas, parecía que trataban de triturarnos, e impedían nuestra salida aprisionándonos en aquella formidable concavidad”, describe Abril. Continuando su recorrido, comenta que pasaron por otra cueva llamada de Los Órganos, aunque es obvio que está confundiendo el nombre y que después: “Entre los rincones visitamos otra cueva llamada del Lobo, la cual estaba resguardada del viento reinante, y el mar bastante tranquilo”, haciendo referencia a la Cova del Llop Marí, y así, siguieron su viaje hasta llegar a la Granadella en donde tomaron tierra para comer y descansar.
![[Img #8575]](https://xabiaaldia.com/upload/images/06_2024/3060_fig-05.jpg)
Desde la Granadella, aunque Julio Cruañes les sugirió volver a pie por el estado de la mar, Tony, el patrón, se sintió confiado de regresar de nuevo en el Dengué, y así bordearon nuevamente los acantilados. A la altura del cabo de San Martín “observamos que flotaban infinidad de objetos voluminosos que nos los acercaban las corrientes”, tratándose de ramajes de árboles que podían peligrar su travesía. Y al doblar el cabo “apareció la silueta del Montgó formando conjunto con el de San Antonio, asemejándose a un colosal caracol que se dirigiera al mar, con una brillante estrella en la frente”. Esta anécdota que nos cuenta Abril, también la reflejó en la acuarela Vista del Montgó y el cabo (1915. Colección particular), que incluyó para ilustrar su relato.
Para concluir la jornada, llegaron finalmente a puerto por la noche, y montando en la tartana de Julio Cruañes, se dirigieron nuevamente a la Fonda Valenciana en donde cenaron y tuvieron una larga sobremesa.
Continuará…

































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